• Caracas (Venezuela)

Enrique Arenas

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Enrique Arenas

La libreta

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El elegido entra raudo y veloz, como quien quiere y no quiere. En el palacio todavía deambula el recuerdo del líder, su voz, su caminar, su cigarrillo, sus últimos dolores y su esfuerzo por sobrevivir al cáncer. Detrás del ungido vienen dos húsares, directores de las huestes que manejan el palacio, salvadores del ungido en caso de que ocurra un “Coup de Etat”.

—Estamos en emergencia, no podemos continuar así. Coño, ¿dónde está el ministro?

—Me informan que está por llegar, presidente, es solo cuestión de minutos.

El ungido desespera con el paso de los minutos, no se aparta de su mente el cuadrito estadístico que le entregó la noche anterior el encuestador del régimen.

—Llámenme a Fidel, a Raúl, hay que encontrar una solución a ese asunto de las encuestas. Llámenme al mayor general, ¿cómo es que se llama?, el que le daba clases a nuestro Comandante Eterno en la Academia Militar, ese general que le enseñó cómo mezclar a Zamora, Bolívar y Simón Rodríguez en un mazacote de historia republicana. Ese general nos puede explicar qué pasa y lo que debemos hacer para subir en las encuestas de nuevo; ese sí conoce bien a este país.

—Sí, señor presidente, enseguida lo llamamos –respondió diligente y nervioso uno de los húsares.

No había podido conciliar con Cilia el sueño. Él y la primera combatiente se levantaban de la cama, caminaban por la habitación, pensando en una solución, en ideas para ver cómo remontaban, cómo subían esos números rojos. Era la primera vez que ambos rechazaban su color preferido.

Ya en su despacho, el primer presidente con bigotes del siglo XXI, único reconocimiento que se llevará después de que deje la presidencia dentro de cinco años, recibe la primera llamada.

—Es el comandante Castro, señor presidente –le dice su secretaria.

—¿Cuál de los dos, Fidel o Raúl? –pregunta aliviado.

Prefiere que sea Fidel y no Raúl, ya que el hermano del caballo está con unos devaneos pro imperialistas muy extraños que no se justifican a estas alturas del partido.

—Es el comandante Fidel, lo llama por Skipe.

—¿Por Skipe? Mire, mejor dígale a los muchachos cubanos del G-2 que me confirmen la veracidad de esa llamada, es muy raro que Fidel me llame por Skipe.

Por increíble que parezca, se trataba realmente de Fidel, los muchachos del G-2 confirmaron la veracidad de la llamada.

—Fidel, ¿tú llamando por Skipe?, esa vaina sí es rara.

—Óyeme, esto de Skipe es una maravilla, hay que ver que los capitalistas tienen unas cosas que verdaderamente... Por eso cayeron los soviéticos, por esos jugueticos que inventaron los americanos después de la guerra de las galaxias.

—Fidel, no quiero hablar de historia, no te llamo por eso. ¡Estoy jodido, Fidel, muy jodido!

—Muchacho, ya el G-2 me informó. Cuánto lo siento, pero te he dicho muchas veces, como me cansé de repetírselo a nuestro querido gigante, que hay que dar el golpe a la mesa, no debes esperar más, ¿me entiendes?

—Las condiciones objetivas todavía no nos permiten hacer eso, debemos seguir actuando con cautela, con paciencia, Fidel.

—Pero bueno, ¿es que quince años de cautela, de paciencia, no bastan? No comas mierda, las condiciones están dadas. Anula la Asamblea y emite el decreto declarando a Venezuela ¡país comunista de América!

—Noo, qué va, eso, por ahora, es imposible. Tenemos que manejarnos todavía en las aguas del capitalismo. Ya vendrá el tiempo en que podamos tomar el cielo por asalto. La era está pariendo un corazón, mi querido Fidel, acuérdate.

—Siguen ustedes perdiendo el tiempo. Si el finado me hubiera hecho caso, ya ustedes estarían implantando el comunismo sin problemas y con nuestro apoyo.

—Tengamos paciencia, Dios concede la victoria a la constancia, como decía el Libertador.

—Óyeme, ¿de cuándo acá tú crees en Dios, muchacho?

—No, yo no soy creyente, solo quise decir una frase acorde con la circunstancia.

—Bueno, bueno, sigamos. Me llamaste porque estás jodido en las encuestas y quieres un consejo, ¿verdad?

—Sí, Fidel, quiero tu consejo, ¿qué hago?, ahora vienen las elecciones de alcaldes y concejales, no sé qué hacer para subir en las encuestas. Mi mala imagen está afectando los numeritos de muchos candidatos del partido.

—Tienes que leer la libreta, allí encontrarás una solución, estoy seguro.

—¿Qué libreta, Fidel?

—¡Coño, la que te dejó el finado!, la libreta que escribimos él y yo meses antes de que ocurriera su lamentable partida. ¿No te acuerdas? La libreta donde impartimos órdenes precisas sobre qué hacer cuando la cosa se ponga difícil. Esa libreta es tu biblia, es el camino a seguir en medio de las tribulaciones, ¿entiendes?

—¡Claro!, ¡la libreta! ¿Cómo es posible que se me haya olvidado?

—Es que yo no sé dónde tienes la cabeza. ¡Enfócate, muchacho! ¡Te ordeno que vengas para acá tan pronto terminen esas elecciones!

—Sí, Fidel, iré apenas terminen, necesito que me sigas orientando. Te dejo, voy a buscar la libreta, después hablamos.

El ungido se acercó a un cuadro con la imagen del Comandante Eterno, quitó el cuadro de la pared y quedó frente a la caja fuerte donde los presidentes guardan documentos importantes.

Después de que abrió la caja, el ungido registró, apartó documentos, movió papeles hasta que por fin encontró la libreta un poco alejada, solitaria, olvidada. Desde la partida del gigante, no la había consultado.

—La biblia, ¡esta es la biblia!, ¿cómo no me había acordado de ella?

El ungido besó la libreta como si fuera un musulmán hocicando con fervorosa fe un ejemplar del Corán.

Revisó y revisó las 300 páginas escritas en la libreta, tardó varios días con sus noches para encontrar alguna sugerencia, un rayito de luz que lo llevara a tomar la decisión correcta para catapultarse en las encuestas. En la página 276, línea tercera del capítulo 54, estaba la solución.

En un aparte, el Comandante Eterno había escrito lo siguiente: De acuerdo con mi experiencia, cada vez que he bajado en las encuestas, me he visto en la necesidad de emprender un escándalo nacional involucrando a la oposición y a los ricos del país en alguna conspiración. Se me ocurre que si tú –refiriéndose al ungido– te ves muy mal en las encuestas y comienzas a pasar aceite, debes armar de inmediato un escándalo, decir que hay una guerra contra el país, movilizar a todo el tren ministerial y a la fuerzas del orden para que hagan ver a los capitalistas y a los políticos de oposición como culpables de lo malo que pueda estar pasando en el país. Si la inflación se dispara, te sugiero que hables de guerra económica. Di que hay muchos especuladores, hambreadores del pueblo. ¡Nunca te eches la culpa de nada!, ¡el gobierno es perfecto, impoluto! Usa al Indepabis y obliga a bajar los precios en los automercados, comercios, etc. Si es posible, arma un gran escándalo apoyándote en nuestras comunas, ¡saca la gente a la calle!

—¡Esta es la solución!, aquí está descrito todo lo que hay que hacer. ¡Gracias, muchas gracias, padre! –exclamó emocionado el ungido.

Al día siguiente, el plan estaba listo. Una cadena disparó la movilización general, se bajaron los precios a juro, los electrodomésticos y otros productos fueron, prácticamente, arrancados de los anaqueles.

La campaña televisiva y la movilización de comités, círculos, comunas, había logrado el objetivo. Subieron las encuestas y muchos de los ministros también empezaron a subir sus expectativas sobre el ungido.

Luego de haber ganado la mayoría de alcaldías y concejalías, el ungido terminó su discurso en el balcón del pueblo, arengando a su gente. Los ministros y hasta la primera combatiente estaban sorprendidos de cómo el ungido se había manejado frente a la crisis que tuvo en las encuestas.

Esa noche, el ungido durmió tranquilo, abrazado a la libreta que no volverá a soltar mientras continúe en palacio.