• Caracas (Venezuela)

Emiro Rotundo Paúl

Al instante

Dos veces con la misma piedra

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Hasta la década de los años setenta del siglo XX Venezuela experimentó un crecimiento rápido, profundo y sostenido, sin sobresaltos ni retrocesos, con una moneda fuerte y sin inflación. La población del campo se volcó hacia las ciudades transformando la Venezuela rural y atrasada del siglo XIX en un país eminentemente urbano y moderno. La clase media creció exponencialmente. La educación nacional, la salud pública, la vialidad, la infraestructura eléctrica, hidráulica y telefónica, la seguridad personal, la asistencia social, la institucionalidad jurídica, la paz social, la actividad política y el ejercicio democrático lograron un avance extraordinario en relación con el siglo anterior. La   tasa de nacimientos llegó a ser de las más altas del mundo y disminuyeron sustancialmente los índices de mortalidad. Había grandes problemas derivados de tan rápido crecimiento, pero eran superables dentro del mismo proceso de desarrollo si las cosas hubieran seguido por buen camino. Mientras tanto, en el resto de América Latina, la mayoría de los países atravesaban situaciones de violencia, golpes de Estado, dictaduras militares y guerras internas. Venezuela parecía un país privilegiado, exento de tales infortunios.

Ese enorme desarrollo, en tan sólo cuatro décadas (1930 a 1970) fue posible gracias a la industria petrolera. En los años treinta y cuarenta Venezuela llegó a ser el primer país exportador y el segundo productor de petróleo del mundo. Pudo haber conservado un tercer o cuarto lugar mundial de producción hasta nuestros días si hubiera mantenido la política de crecimiento gradual que venía transitando y, sobre todo, si hubiera manejado correctamente las coyunturas de alzas y bajas de precios que ocurrieron posteriormente. Si eso hubiera pasado, Venezuela sería hoy uno de los países más desarrollados de Latinoamérica y del mundo. ¿Qué hizo que se descarrilara la marcha del país, que su trayectoria se hiciera tan errática, y que termináramos finalmente en la tragedia de nuestros días?  

En la década de los setenta, la Organización de Países productores de Petróleo, utilizando como arma de guerra contra los países industrializados el poder que le confería producir 60% del petróleo que se negociaba en el mundo, elevó arbitrariamente los precios del crudo, llevándolos de 3,29 dólares promedio por barril en 1973 a 36,83 dólares en 1980 (1.119 %). El ingreso fiscal de los países productores, entre ellos Venezuela, aumentó en forma proporcional. En nuestro caso se desquició la marcha normal de la economía. El gasto público se disparó, el dinero en circulación se multiplicó varias veces y nos convertimos en un país saudita. El  consumo de bienes de todo tipo en el exterior, especialmente en Miami, donde los venezolanos acudían masivamente a gastar los dólares comprados a 4,30 bolívares, se hizo mundialmente conocido y la expresión “ta’barato, dame dos” se convirtió en la referencia coloquial del fenómeno.

Los países industrializados reaccionaron en forma inmediata. Aplicaron planes de ahorro de combustible, fabricaron motores más eficientes, pusieron en producción pozos que no eran rentables, usaron fuentes de energía alternativas, etc., y los precios empezaron a caer a principios de la década de los ochenta hasta llegar a siete dólares por barril a fines de los años noventa. En Venezuela se produjo el llamado viernes negro en febrero de 1983 que significó el quiebre del proceso de crecimiento ordenado y sostenido iniciado cincuenta años atrás. Allí comenzó el desbarajuste económico con inflación, devaluación del bolívar, fuga de capitales, controles de precio y de cambio, escasez de productos básicos, endeudamiento interno y externo, etc., que ya no se detuvo. En aquel entonces causó la desestabilización política del país y los partidos políticos Acción Democrática y Copei, que venían alternándose en el poder desde la caída de la última dictadura militar en 1957, perdieron el apoyo popular y salieron del poder en 1998.

La nueva fuerza política en ascenso, el chavismo, no aprendió la lección y tropezó con la misma piedra, pero en forma más espectacular. El incremento del precio del petróleo de 7 dólares por barril en 1998 a más de 130 (1.857 %) en la primera década del nuevo siglo, produjo los mismos efectos de los años ochenta y noventa pero en grado superlativo. Fue la locura. Los petrodólares se regalaron, se malgastaron, se robaron, se emplearon en beneficios y subsidios de todo tipo, triplicaron la burocracia, expropiaron en nombre del socialismo una buena parte del aparato productivo nacional para dejar de producir e importar todo desde el exterior. Cuando cayeron nuevamente los precios del petróleo en los primeros años de la segunda década del siglo XXI, quedamos en una situación peor a la que sirvió a Chávez de trampolín para impulsarse hacia al poder. Ahora estamos sin dólares suficientes para mantener el Estado paternalista, sin producción, con una inflación galopante, endeudados hasta la coronilla y con una profunda crisis económica, política y social. Ningún otro país petrolero del mundo sufrió tanto daño como Venezuela con la caída de los precios, lo que pone de manifiesto que el modelo socialista, castro-comunista, contrabandeado por Chávez desde el poder, es el innegable causante de la crisis que estamos viviendo. Lo dramático es que sus sucesores no lo saben y siguen por la misma ruta.