• Caracas (Venezuela)

Emiro Rotundo Paúl

Al instante

¿Qué salida tenemos?

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Se pide diálogo y reconciliación en Venezuela para resolver la crisis global que nos agobia. Lo hacen el Papa Francisco, los presidentes y ex presidentes de países amigos, los intelectuales afectos al país y mucha gente más. Es lo racional y se practicaría en un país democrático, pero Venezuela no lo es, porque una cofradía de devotos de Fidel Castro y de la Revolución Cubana, que llegó al poder con Chávez a la cabeza, cabalgando la crisis petrolera anterior, conculcó la democracia y se empeñó, con cierto éxito, en montar un sistema totalitario en el país. Estos cofrades no pueden dialogar y mucho menos ceder posiciones porque están alienados por un sistema ideológico dogmático (como los nazis, como los fachos, como los yihadistas). Todo lo ven en blanco y negro, sin tonalidades ni matices.  

En las décadas de la Guerra Fría surgieron en Chile, Argentina, Colombia, Nicaragua, El Salvador, Guatemala y otros países de la América Latina, grupos revolucionarios marxistas similares al que hoy gobierna en Venezuela. Eran los mascarones de proa de la Unión Soviética en su lucha contra Estados Unidos. Eran irreductibles en sus propósitos de acabar con la democracia para sustituirla por un régimen totalitario como el cubano. Todos esos movimientos terminaron mal, pero antes de remitir provocaron conflictos armados con centenares de miles de muertos que propiciaron (por principio de acción y reacción) dictaduras militares fascistas que continuaron con la cosecha de muertes. En ninguno de esos casos hubo diálogo y reconciliación sin pasar primero por un largo y amargo período de violencia, muerte y destrucción.

Lo que ocurrió en Venezuela fue algo diferente y absurdo. El país (con la salvedad del movimiento guerrillero de los años sesenta) había permanecido al margen de esos conflictos armados con un sistema que, si bien tenía fallas e imperfecciones, conservaba los rasgos fundamentales del sistema democrático: libertades públicas, pluralismo político, división de poderes, acato gubernamental a la Constitución y las leyes, alternancia en el poder, respeto a la propiedad privada, etc. Y justo cuando cae el Muro de Berlín, se derrumba la URSS y se repliegan las dictaduras, damos media vuelta y tomamos el camino de  regreso hacia el pasado mientras los otros países latinoamericanos superaban sus problemas, recuperaban la democracia y reemprendían el camino hacia el futuro.

¿Cuáles son ahora las posibles salidas de nuestra situación? La crisis nacional no es insoluble. Todas las crisis, aun las más graves, tienen un final. La experiencia de la historia y de la vida nos lo confirma. ¿Entonces, cuáles son nuestras posibilidades? ¿Caeremos en una lucha fratricida similar a la de otros países? Es una posibilidad, porque si no hay diálogo ni acuerdo para resolver nuestros graves problemas, la desesperación de la gente, que ya se aprecia, puede producir un estallido social: la bomba de tiempo que Chávez decía tener en sus manos cuando ganó las elecciones en 1998 y que no explotó porque el precio del petróleo saltó de siete dólares por barril a más de cien. Hoy no existe ese mecanismo de desactivación.

La mejor para la nación sería que el presidente comprendiera, de una vez, que no es posible resolver la crisis dentro del “socialismo del siglo XXI” y de la “revolución bolivariana” porque ambos son los culpables del problema, que renunciara cívicamente y permitiera la formación de un gobierno de unidad nacional capaz de rehacer el entramado económico, político y social del país que está seriamente dañado. Pero eso es pedir demasiado a un marxista. En su defecto, habrá que convocar el referéndum revocatorio previsto en la Constitución el cual será bloqueado seguramente por los tres mosqueteros de la revolución (el presidente, el CNE y la Sala Constitucional).

Si esas dos salidas se cierran y la gravedad de la crisis aumenta, como está pasando, puede producirse un golpe de Estado propiciado por los militares con los mismos propósitos señalados anteriormente. Chávez lo intentó en 1992 por motivos que no eran, ni con mucho, tan graves como los actuales y eso lo consagró. De manera que en la conciencia nacional una solución de ese tipo no es condenable. Lo mismo podría lograrse más sanamente con una Asamblea Nacional Constituyente que rescate la legalidad y la legitimidad perdidas y restituya al Estado de Derecho. No sabemos cuál será en definitiva la salida, pero lo que sí sabemos es que cualquiera que ella sea no podrá ocurrir a largo plazo porque la situación del país empeora día a día y la paciencia de la gente tiene un límite.