• Caracas (Venezuela)

Emiro Rotundo Paúl

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Emiro Rotundo Paúl

El meollo del problema (y III)

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En mis dos artículos precedentes sobre el mismo asunto, he sostenido que un diálogo entre el gobierno y la oposición que no ponga sobre la mesa, como punto principal, el proyecto económico, político y social de la “revolución”, sería un ejercicio chucuto, inocuo, incompleto e inútil, porque no tocaría el meollo del problema, la fuente que genera los problemas que nos azotan por todos lados. Sin una verdadera negociación política entre iguales, todo lo que se resuelva en el momento, brotará más adelante con mayor fuerza y gravedad.

Ese es un primer punto. Hay otro aún más grave. En Venezuela se vive una situación irracional e impropia que impide el libre ejercicio de la función política que es consustancial con la democracia. No hay espacio, piso ni escenario viable para que los partidos políticos, las organizaciones sociales y el gobierno puedan debatir, negociar y lograr resultados aceptables. Lo que existe es un frente de guerra construido por el propio Estado con su militarismo vocacional, sus grupos de batalla electorales, sus partes de guerra, su comportamiento belicoso y su vocabulario cuartelero, que ha dividido al país en dos sectores antagónicos. La mitad no chavista del país se enfrenta desarmada a un bloque de poder formado por los poderes públicos, las Fuerzas Armadas, el partido oficialista y los grupos paramilitares y paraestatales creados por el Estado para usarlos como arietes contra ese medio país que no es visto como opositor político sino como un enemigo del “proceso” y, por ende, como enemigo de la patria.

El juego político en Venezuela está trancado. Por una parte, la “revolución” no avanza. Los logros que pudo haber obtenido en los primeros años de su vida con las “misiones” (que no son otra cosa que programas asistenciales mínimos de un país petrolero con ingresos milmillonarios) se han ido anulando con la inflación galopante, la carestía de alimentos, medicinas y repuestos, la falta de nuevos empleos para los jóvenes que ingresan al mercado laboral, la inseguridad rampante que deja 25.000 víctimas al año, el deterioro de la infraestructura vial y de servicios y la pugna política exacerbada que genera la propia nomenklatura estatal.

Por el otro lado está la oposición, que no ha logrado la mayoría necesaria para asumir el poder y cambiar las cosas. En los primeros años del proceso tuvo muy buenas oportunidades para hacerlo, pero su falta de experiencia para asumir situaciones políticas no convencionales, el desgaste de los grandes partidos políticos tradicionales, los graves errores cometidos en esos primeros años de lucha y el requerimiento de tiempo necesario para la consolidación de los nuevos liderazgos, entre otros factores, imposibilitó ese objetivo. Es muy posible que ahora, con todo lo que ha sucedido después de la muerte de Chávez, la situación haya cambiado y la oposición disponga ya de esa mayoría, pero lamentablemente, luego de un largo período de elecciones sucesivas se nos presenta ahora un lapso de casi dos años sin ellas. Una elección a corto plazo actuaría como válvula de escape. Su ausencia en estos momentos es un elemento sumamente peligroso para el país.

Los puntos expuestos anteriormente son lo fundamental del problema y deberían formar parte de la agenda para un diálogo serio entre el chavismo y la oposición. Lo demás puede ser procedente, incluso necesario (la liberación de los presos políticos, el cese de la represión, la moderación del discurso oficial, etc.), pero será un paliativo, un analgésico, un remedio menor que no curará la grave enfermedad de la nación.

 *Profesor jubilado UCV