• Caracas (Venezuela)

Emiro Rotundo Paúl

Al instante

La otra cara de las colas

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Quienes viven en las urbanizaciones, en su mayoría gente de la clase media, no pueden adquirir los productos básicos de la dieta diaria y de la limpieza corporal, porque los establecimientos comerciales, los pocos automercados que han sobrevivido la purga oficial, están ahora abarrotados de personas que acuden masivamente desde los sectores populares circundantes para abastecerse de los escasos artículos regulados que se expenden en ellos.

Desde el amanecer, antes de que los automercados abran sus puertas, se van formando las colas que crecen rápidamente, salen a la calle, doblan la esquina más cercana y se pierden de vista en medio del batiburrillo de personas con paquetes y bolsas que deambulan por allí sin oficio aparente y que hacen pensar a quien observa que en este país nadie trabaja. Pero la gente de clase media que sí trabaja, estudia y tiene ocupaciones domésticas no puede perder su tiempo en las colas. Y al final del día, cuando estas se disipan, y pueden por fin acceder a los establecimientos, ya no queda nada de los artículos regulados. Lo mismo pasa los sábados y los domingos, porque este trajín no tiene pausa. ¿Dónde cree el gobierno, si es que piensa en ello, que la clase media se abastece de los productos regulados? De los revendedores y de los buhoneros que ejercen el bachaqueo o que son abastecidos por esa vía. Pagan esos artículos a un valor que multiplica por diez o más su “precio justo”. Una verdadera expoliación de sus salarios. No quiero ser malpensado, pero, quizás, si algún funcionario chavista lee estas notas, no pueda evitar que se dibuje en su rostro una cierta sonrisa malévola.

La regulación de los productos de primera necesidad, inevitablemente, promueve el surgimiento del mercado negro y de la especulación. Esas inmensas colas que se forman están plagadas de revendedores que se las ingenian para burlar los controles del gobierno. Las ganancias de ese oficio, que hace nugatorios los esfuerzos del gobierno por abaratar los precios de los artículos de primera necesidad, están haciendo ricos a muchos (a miles, quizás) que por esa y otras razones defienden el sistema a capa y espada.  

Un vecino, molesto por esa situación, dejando escapar un rencor contenido, me decía: Esta gente, que durante catorce años estuvo votando fielmente por el chavismo, sin reparar para nada en la crueldad que el régimen empleaba contra nosotros (las ofensas, las amenazas, el hostigamiento, la discriminación, el gas del bueno, las piedras, los palos y los tiros de los “círculos bolivarianos” primero y de los llamados “colectivos” después, etc., etc.) ahora, desesperados como están por la escasez y el desabastecimiento, nos atropellan también invadiendo y deteriorando nuestro hábitat e impidiéndonos adquirir las cosas indispensables.

La situación que estamos viviendo es propicia para manifestaciones de este tipo. Sin embargo, cuando observamos las caras de los niños, las mujeres y los ancianos sentados en las aceras mugrientas, en medio de basuras y desperdicios, esperando su turno para comprar los dos o tres artículos regulados que se expenden, cuando vemos sus rostros marcados por el fastidio, la obstinación, la angustia y la desesperanza, no podemos pasar por alto las grandes penalidades que sufren durante horas y horas para satisfacer sus necesidades más perentorias de aseo, alimentación y eliminación de residuos orgánicos. Nos damos cuenta, entonces, de que más allá de todo el malestar que nos puedan causar, debe privar en nosotros la caridad, la misericordia y la solidaridad humana necesarias para compadecernos de esa gran mayoría de venezolanos que fueron engañados por quienes se creyeron dueños de la verdad y del país y no fueron capaces siquiera de guardar una parte de la inmensa riqueza que manejaron para cubrir los años de las vacas flacas; algo tan básico y tan bíblico como eso. Pero los soberbios son así, se creen invulnerables y nunca piensan en las acechanzas del destino.