• Caracas (Venezuela)

Emiro Rotundo Paúl

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El camino del infierno

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Dícese que “el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones” para significar con ello que los buenos deseos, cuando se llevan más allá de límites razonables, cuando sirven para imponer por la fuerza soluciones ideales que bullen en la cabeza de algún iluminado, producen finalmente resultados indeseables cuyos efectos son peores que los males anteriores que se querían corregir.

A lo largo de la historia, en épocas de crisis, siempre han surgido hombres que se creen capaces de arreglar el mundo a su manera. Seres vehementes, egocéntricos, prepotentes, aquejados posiblemente de grandes resentimientos o de hondas frustraciones que alteran su equilibrio emocional, que se sienten predestinados para cumplir altas misiones. Poseen un discurso básico, simple, terminante, pleno de sentencias, consignas e interpretaciones arbitrarias del mundo y de la historia. Se identifican con los pobres y con los  desheredados de la tierra y hacen promesas de redención, de justicia social y de reivindicación de las injusticias impuestas a la mayoría por pequeños sectores minoritarios de ricos y poderosos que son los culpables de todo.

Con los enemigos internos (los ricos, los oligarcas, la burguesía, los empresarios, los banqueros, los explotadores, los judíos, etc.) coexisten también enemigos externos que amenazan la seguridad, la libertad y la independencia de la patria (el imperialismo norteamericano, el capitalismo internacional, la rancia oligarquía del país vecino, etc.). Estos adversarios, imaginarios o no, sirven para mantener un discurso bélico permanente y para movilizar a las masas mediante la manipulación de sus instintos básicos de identidad, pertenencia, grupo, raza, religión, etc.

Con un verbo incendiario estos hombres son capaces de inflamar las pasiones y el fanatismo de las masas, de movilizarlas y conducirlas ciegamente a guerras y revoluciones que generan terribles hechos de destrucción y muerte. El siglo XX fue pródigo en ese tipo de hombres: Hitler, Mussolini, Lenin, Stalin, Mao, Pol Pot, etc. Estos hombres surgen en medio de circunstancias aciagas, en situaciones económicas, políticas y sociales difíciles como las que se dieron en Alemania después de la Primera Guerra Mundial. Sin las terribles condiciones de caos, superinflación, desempleo, violencia y hambre de aquellos años treinta en el país germánico, Hitler no hubiera sido canciller, no hubiera dejado de ser un oscuro pintor de brocha gorda y buen hablador de pendejadas en las cervecerías de Munich.

En América Latina el populismo ha producido también personajes que se inscriben en esa clase de hombres, a un nivel más modesto pero no por eso menos dañino. El líder populista se empina sobre las necesidades populares, criticando lo malo que existe y prometiendo soluciones para todo. Así llega al poder, y una vez allí, utiliza los recursos del Estado para proyectarse, para promocionarse, para presentarse como el salvador de los pobres y de los desamparados. Reparte el dinero público y otros beneficios, no como algo que es del Estado y por ende de todos los ciudadanos, sino como algo que es de él, que se debe a él exclusivamente y por tanto, quien los recibe, debe estarle eternamente agradecido por su bondad.

No es de extrañar, pues, que estos personajes terminen siendo venerados, que sus imágenes sean enmarcadas y colgadas en las humildes paredes de las viviendas populares como si se tratara de un nuevo miembro del santoral. El líder del discurso interminable, de la presencia cotidiana, de la inquebrantable voluntad de poder, del anhelo de perpetuación, deja de ser un funcionario público obligado a cumplir la ley, para convertirse en un poder por encima de ella, en una divinidad, en una  encarnación del espíritu del pueblo situado más allá del bien y del mal.

Venezuela vive las consecuencias de haber sido llevada de la mano por uno de estos hombres providenciales: el “Comandante Eterno”, el “gigante”, que durante catorce años gobernó sin contrapesos ni controles, que se convirtió en un reality show permanente, que no debatió nunca con nadie, que daba ruedas de prensa previamente preparadas y se molestaba mucho cuando un (o una) periodista le hacía preguntas medio difíciles, que expropió a diestra y siniestra industrias y fundos, que desafió a todo el mundo, que se igualó a Simón Bolívar y removió sus restos buscando las huellas de un asesinato y modificó su imagen para hacerla algo parecida a la suya; en fin, un megalómano a carta cabal, a quien ahora sus partidarios quieren colocar en el altar de la santería afrocaribeña. ¡Buenas las estamos pasando los venezolanos, chavistas o no!