• Caracas (Venezuela)

Emiro Rotundo Paúl

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En búsqueda de la revolución perdida

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La revolución es un mito contemporáneo. El concepto, como lo entendemos hoy, no existió antes. Adquiere su nombre con la revuelta popular, la toma de la Bastilla y la decapitación de Luis XVI a fines del siglo XVIII en Francia y desarrolla su teoría histórica y social con el marxismo en el siglo XIX. Pero la Revolución francesa y el marxismo son hijos de la verdadera revolución: la Revolución industrial. Con ella surge la producción en masa como solución a la escasez ancestral, pero también brotan, como de la caja de Pandora, el desarraigo, el hacinamiento de las masas obreras en oscuras factorías y en las barriadas insalubres, el desempleo, la miseria, la explotación y la idea de la revolución como mecanismo de lucha para resolver esos males. En un siglo el sistema industrial capitalista, sin la revolución, superó en gran parte esos problemas, pero la idea de la revolución no perdió su encanto y aún pervive, pese a que todos los procesos con ese nombre han fracasado, sin excepción.

La propia Revolución francesa, ícono revolucionario por excelencia, terminó en el Terror, el Bonapartismo y la Restauración Borbónica sin lograr sus objetivos. Los postulados de Igualdad y de Legalidad fueron alcanzados posteriormente, cuando el desarrollo económico, político y social de Francia y de Europa Occidental hizo posible el Estado de Derecho con el surgimiento del sistema democrático liberal burgués.  Quedó pendiente el tercer postulado: la Fraternidad; un valor más difícil de alcanzar, que requiere un grado mayor de desarrollo humano y social. De las otras revoluciones, la rusa, la china y la cubana no es preciso hablar, porque todos sabemos sus resultados: no hubo desarrollo económico, político ni social y el hombre nuevo, en el que privaría el interés colectivo sobre el individual, no apareció por ningún lado. Por el contrario, de la URSS surgió un hombre desprovisto de toda  sensibilidad que formó parte de mafias delincuenciales de alta peligrosidad.

En nuestro caso, la revolución bolivariana, la “bonita” de los primeros días, no fue la excepción. Luego de diecisiete años de existencia y pese a los ingentes recursos que manejó, dejó al país en la escasez y la miseria, sin comida suficiente, sin medicinas para los enfermos, sin luz y sin agua. La corrupción, que fue el tema preferido del Comandante en su lucha contra la “cuarta república”, no solo no desapareció, sino que se incrementó a niveles nunca vistos. A ello se agregan otros males no menos graves: el renacimiento del militarismo que se creía superado y la ruptura de la institucionalidad republicana con la supresión de las autonomías de los poderes públicos y el desmesurado peso asumido por el Ejecutivo que ha transformado la República en una especie de monarquía constitucional.

Para quienes tenemos ya una cierta edad, la situación actual resulta absurda. Parte de nuestra juventud transcurrió en época de Pérez Jiménez. Luchábamos contra la dictadura y por la democracia y no podíamos pensar jamás que pudiéramos llegar a una situación como la actual. El país se desarrollaba aceleradamente. En la década de los cincuenta llegaban al país oleadas de inmigrantes que se incorporaban de inmediato al trabajo. Había pleno empleo y mucha seguridad. Surgían urbanizaciones por doquier, la construcción de casas, edificios de apartamentos, hospitales, hoteles, avenidas y grandes obras públicas era incesante. Se trabajaba día y noche para concluir las obras e inaugurarlas en diciembre. La producción agrícola e industrial crecía y, pese a la dictadura, todos compartíamos una ilusión de grandeza. Nadie dudaba que Venezuela sería a mediano plazo una nación desarrollada.

¿Qué sucedió después? En los cuarenta años de democracia el país se ralentizó, perdió la unidad y la concordia. Aparecieron los conflictos, la violencia armada, las pugnas partidistas, el populismo y el clientelismo. Se dispararon los precios del petróleo en los años setenta y se incrementó la dependencia monoproductora, creció el gasto público más de lo debido, el país se endeudó, se obviaron las previsiones para el futuro, cayeron los precios en la década siguiente y se produjo la crisis económica. En 1989 se produjo un estallido popular que puso al país al borde de la anarquía y en 1992 hubo dos intentonas militares golpistas que gozaron de apoyo popular. En 1994 se desplomó buena parte del sistema financiero nacional. El bolívar, que tenía una estabilidad proverbial se disparó de 4,30 a 470,00 por dólar  (10.930%) y en 1998 triunfó Hugo Chávez, uno de los alzados del 92, que ofreció más democracia y menos corrupción pero que impuso una copia de la revolución cubana con todos los males del original.

La revolución que nuestra generación soñaba era la revolución del trabajo, de la ciencia, de la tecnología, de la producción y del desarrollo. La revolución de la esperanza, de la democracia verdadera y de la prosperidad. En su lugar tuvimos una democracia cojitranca y una revolución anacrónica de líder absoluto, providencial y eterno, Estado interventor, antimeritocracia y uniformidad, racionamiento de comida, luz y agua, discurso interminable, gorra militar, camisa roja y puño alzado. Seguimos en la búsqueda de la revolución perdida.