• Caracas (Venezuela)

Emiro Rotundo Paúl

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Triquitraques en el polvorín

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Cuando Chávez ganó la presidencia en 1998 dijo que había recibido una bomba a punto de explotar, refiriéndose a la crisis económica existente por la caída de los precios del petróleo. Si las cosas hubieran seguido igual por unos pocos años más, Chávez hubiera perecido en la explosión, pero su buena fortuna, como tantas otras veces, lo salvó. El precio del petróleo venezolano, que se encontraban en 10 dólares por barril (dpb) cuando Chávez llegó al poder, empezó a subir desde el primer año de su mandato y continuó aumentando en los años siguientes hasta alcanzar niveles nunca vistos. Estos son los precios promedios de varios años de ese período: 1999: 20 dpb (aquí ya se había duplicado); 2001: 34 dpb; 2005: 50 dpb; 2007: 65 dpb; 2008: 116,5 dpb. De allí en adelante se mantuvo alrededor de los 100 dpb (10 veces más alto que 1998) hasta la fecha oficial de la muerte de Chávez en 1913.

La bonanza petrolera de esos catorce años cubrió la errática gestión de Chávez, pero una vez que aquella cesó, emergieron las ruinas que estaban sumergidas. La situación económica pos-Chávez era muchísimo peor que antes. A los males que ya existían (corrupción, clientelismo, inseguridad, malos servicios públicos, dependencia del petróleo, falta de productividad, etc.), que Chávez agravó, se sumaron una aguda carestía de alimentos, medicinas y otros productos, una inflación galopante que evaporó los salarios y una criminalidad sin freno que convirtió en guetos las urbanizaciones, barriadas y viviendas. Por si todo fuera poco, el oficialismo juega con triquitraques en la plazuela del polvorín intentando invalidar el referendo revocatorio presidencial que es el único apagafuegos que existe.

La crisis global venezolana solo puede ser superada mediante la sustitución del modelo político chavista que es la raíz del problema. Para ello es imprescindible salir del presidente y realizar nuevas elecciones. La oposición ganó las dos terceras partes de la Asamblea Nacional. En cualquier país del mundo, con un gobierno medianamente democrático, el presidente estaría obligado a sentarse con la mayoría parlamentaria para convenir una nueva forma de gobierno. Pero aquí eso no es posible, porque el presidente es un autócrata que se da el tupé de utilizar el Poder Judicial para bloquear y anular las decisiones del Poder Legislativo, es decir, del Congreso de los diputados del pueblo. Eso lo dice todo.

En Venezuela, la Constitución chavista y la interpretación que de ella hacen los poderes subordinados, convierten al presidente de la república en un dictador que interviene los medios de comunicación y saca del aire al que no se somete a su voluntad, ordena públicamente apresar a un juez o a un dirigente político opositor, ocupa el espacio radial y televisivo nacional cada vez que se le antoja para transmitir propaganda política partidista, gobierna el país con decretos sin la aprobación de la Asamblea Nacional, insulta, ofende y ridiculiza a quien le da la gana, firma tratados y acuerdos con otros países sin consultar con nadie, viaja sin pedir permiso, invita al país a quien le place y rechaza a quien no le gusta, y así sucesivamente.

Este tirano, en connivencia con el CNE, está tratando por todos los medios de dilatar la ejecución del referéndum revocatorio hasta el año que viene para evitar una nueva elección presidencial que sería el fin del chavismo. Del 2/5/16, fecha de entrega de las primeras firmas para solicitar el referendo, hasta el 10/1/17, fecha límite para generar una nueva elección presidencial, median 253 días, tiempo más que sobrado para realizar el referendo revocatorio. Pero ya el oficialismo ha dicho que ese tiempo es insuficiente. Si se bloquea el referendo revocatorio estallará la violencia. La oposición no podrá desentenderse de ella porque daría muestra de una gran debilidad y perdería la confianza y el apoyo popular mayoritario que tiene. Ese puede ser el ardid oficial: impedir el revocatorio, provocar la violencia, culpar de ella a la oposición, reprimirla con la brutalidad que le caracteriza, decretar el estado de excepción (ya está vigente) y quedarse en el poder por la fuerza.

Esa puede ser la mise-en-scéne del libreto chavista, pero es posible que los barriles de pólvora estallen antes de que comience la función. El primer actor y su elenco no tienen idea exacta de lo que está sucediendo en Venezuela. Deberían mezclarse con el pueblo en las colas, en el Metro, en los mercados, en las panaderías, escuchar lo que se dice y medir el grado de malestar y de ira que allí se respira. Estoy seguro de que si así lo hicieran se preocuparían más por su propia seguridad y tratarían de salir lo mejor posible del  tremendo embrollo en el que se encuentran inmersos.