• Caracas (Venezuela)

Emilio Nouel V.

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¿Está en peligro el proyecto europeo?

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Cuando comencé a familiarizarme con los asuntos que tocaban las relaciones internacionales, uno que me llamó la atención desde el principio fue el proceso de integración que habían adelantado los países europeos luego de dos sangrientas guerras mundiales.

Era admirable ver que países que durante siglos se habían enfrentado violentamente, habían puesto de lado tanto dolor infligido e intensos resentimientos para iniciar un camino juntos sobre la base de la aspiración a un ideal distinto de sociedad que apostara por el bienestar material, el desarrollo social, la libertad y la paz para todos los ciudadanos de ese continente. La utopía consistía en un destino común de progreso. 

Grandes estadistas “compraron” el proyecto y lo pusieron en práctica después de arduas negociaciones. Step by step sería la clave. A partir de experiencias sectoriales y por la vía del “contagio” se avanzaría progresivamente hacia la totalidad de las áreas que conformarían la Unión: la vieja idea de los Estados Unidos de Europa era el objetivo.   

Así, desde este lado del “charco”, aprendimos a apreciar ese formidable esfuerzo que hizo una generación escarmentada por las guerras, pero deseosa de salir adelante y lograr un puesto fundamental en el planeta.

Huelga hablar de los éxitos del proyecto europeo cosechados durante 66 años, recién cumplidos. Están a la vista.

Y sin embargo, en los últimos años, sobre todo, las nuevas generaciones parecen desconocer tales logros y los sacrificios que costaron a hombres y mujeres de esa región.

La crisis financiera que se desencadenó en 2008 ha generado un malestar que ha sido caldo de cultivo para que los ultranacionalistas y populistas que siempre se opusieron a la Unión, resurjan con ímpetu, poniendo en riesgo el entramado institucional y económico levantado con tanto esmero y dificultades.

A ello se ha sumado el problema inmigratorio, desde antiguo presente, pero ahora agravado con la crisis humanitaria producida por la guerra en el Medio Oriente.

El debate sobre el destino de una Europa unida se ha exacerbado y hay amenazas de defecciones. Se alegan, por un lado, argumentos económicos, en su mayoría, inconsistentes, y por otro, temas sobre seguridad. Próximamente, habrá un referéndum en Inglaterra sobre si se sale o no de la Unión Europea. Cameron está encabezando la campaña por la no salida, señalando que un retiro de su país disminuiría la influencia en el mundo y lo debilitaría, que el aislamiento sería negativo y desestabilizaría la región.

En algunos países europeos, como Polonia, se observan síntomas de retroceso en cuanto a valores políticos fundamentales como las libertades democráticas, y el renacer de actitudes xenofóbicas y de nacionalismo extremo.

Recientemente, un grupo de intelectuales lanzó un llamado muy oportuno ante la ola de cuestionamiento hacia la Unión. Además de que señalaban que lo que está en juego no es poca cosa, piden evitar la marginación económica, política, moral y cultural de Europa y reconectar con unos ciudadanos desorientados, y así crear una Europa influyente y de esperanza para todos.

Para ellos hay que impedir que los “demonios populistas, que ya casi nos han destruido” venzan nuevamente, y en tal sentido, habrá que fijar una hoja de ruta que contemple, entre otros asuntos, el fortalecimiento de la democracia europea, una iniciativa de seguridad y defensa de los ciudadanos, reimpulsar el crecimiento, modernizar la economía, aumentar la competitividad, en definitiva, “convertir Europa en una gran potencia democrática, cultural y económica que garantice en su interior la solidaridad y los derechos fundamentales, hoy en peligro”.

En otras ocasiones lo hemos dicho. Para los equilibrios mundiales, necesitamos una Europa fuerte y próspera, que sea ejemplo no solo de bienestar económico, sino también de democracia y de libertades plenas.

Solo aspiramos a que la sensatez se imponga en Europa entre los ciudadanos y sus liderazgos políticos y sociales. Y que lo que se tenga que modificar se haga. En nada contribuiría a la paz del mundo su desmembramiento o una deriva hacia la irrelevancia.