• Caracas (Venezuela)

Emilio Nouel V.

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El haraquiri de Maduro

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El cierre de la frontera con Colombia es, entre otras cosas, un haraquiri. No solo político y electoral, también económico. Lo malo es que además de afectar al gobierno, daña a muchos venezolanos y al ya maltrecho aparato productivo. El empresariado dice que el PIB caerá 2% como efecto de ese despropósito, lo que es ya decir mucho si pensamos en que se esperaba -7% este año.

El derrumbe estrepitoso en las encuestas tiene al gobierno desquiciado, más de lo que ha sido en tiempos normales.

En lugar de corregir la deriva desastrosa que lleva, la ahonda escarbando más en el hueco en que se ha metido con sus políticas y acciones disparatadas, que no se explican solo por razones políticas y/o ideológicas, sino también por una peculiar y funesta manera de gestionar los asuntos de gobierno, que evidencian su ignorancia e incompetencia proverbiales.

Teodoro Petkoff le encasquetó el mote de “Chacumbele” a Chávez, y acertó. Maduro y Cabello han hecho los mismos honores para ganarse también el sobrenombre. Con la diferencia de que no disponen de los astronómicos recursos que el finado sí tuvo, y en tal sentido el final lo están acercando a mayor velocidad.

Los distintos problemas que compartimos colombianos y venezolanos por el hecho de tener un vasto lindero común no se resolverán con un paso fronterizo cerrado ni con un estado de excepción del lado nuestro, desproporcionado e inútil.

Los asuntos no solventados que arrastramos desde hace mucho tiempo no podrán canalizarse hacia una solución definitiva colocando una barrera entre dos pueblos que han vivido uno junto al otro por siglos y que hasta el final de los tiempos seguirán así, ni recurriendo a nacionalismos indigestos.

Es insostenible tratar de cerrar el paso a quienes viven a ambos lados de la frontera y necesitan para su vida la libre circulación. Ese trasiego de gente y mercancías es imposible pararlo, incluso con contingentes militares, que, según lo que se oye, apenas comen o son mal atendidos.

Hoy estamos ante un asunto coyuntural que obliga a buscar una salida a la brevedad antes de que se pierda el control y se vuelva esa larga frontera un problema mayor inmanejable.

Que se hayan reiniciado las conversaciones entre ambos gobiernos es una buena noticia. Falta ver acciones concretas y urgentes.

Obviamente, los temas de largo aliento (intercambio comercial, seguridad, narcotráfico, delincuencia política, guerrillas, paramilitarismo, transporte, etc.) deben asumirse con voluntad política transparente y sincera. Para eso están las comisiones que fueron creadas antes y han sido puestas de lado en los últimos tiempos. Pero si se desea conformar otras o con otros nombres, bienvenidas sean. Lo que se pide es que sean permanentes, no esporádicas, y se les dote de personal y recursos para su funcionamiento.

No obstante, está lo urgente, que aun cuando pudiera tener que ver con lo que viene de lejos, obliga a enfrentarlo sobre la marcha.

Si el gobierno cabello-madurista se mantiene en sus trece de bloquear la frontera, el perjuicio económico y el daño social será mayor para Venezuela, y ello será un cargo más contra su ejecutoria.

A pesar de todo, hay algo positivo en todo este asunto. Con este haraquiri nos aproximamos más rápidamente al final de la calamidad que se echó sobre nuestro país hace 16 años. El 6-D recibirán una factura, que será más gorda mientras más prolonguen un estado de excepción absurdo.