• Caracas (Venezuela)

Emilio Nouel V.

Al instante

¿Existe esa tal “patria grande” o es una quimera más?

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“La patria grande”, esa expresión del Libertador, que no de los que se dicen llamar en estos tiempos bolivarianos, fue solo un sueño que si en algún momento pudo hacerse realidad ha demostrado su inviabilidad más allá de la retórica inflamada de más de dos siglos con la que nos han querido vender una “nación latinoamericana”, una identidad propia, una individualidad, un nacionalismo político y económico.

Ni entonces, cuando el general Bolívar quiso en 1826 reunir infructuosamente a las independizadas provincias españolas, ni ahora en que se hacen rimbombantes cumbres y hasta se firman documentos solemnes, discursos fraternales mediante, esa supuesta patria única ha podido trascender los discursos de ocasión.

Y es que en aquella época como en el presente las visiones contrastaban y diferencias profundas había, sin dejar de mencionar los factores estructurales adversos, las distancias geográficas, los apetitos políticos personales, los intereses encontrados, el aldeanismo, lo corto de miras que eran los líderes.

Si pudo llegarse a pensar que era posible hacer en la América hispana lo que las trece colonias inglesas en el Norte con su unión temprana lograron, muy pronto nos dimos cuenta de que había algo entre los latinoamericanos que hacía que ese mismo objetivo expresado por los próceres de la Independencia no estuviera al alcance.

¿Atavismos étnicos, culturales, ideológicos?

Con el paso del tiempo hasta nuestros días, se siguió insistiendo en la idea sin éxito, pero a medida que el mundo, empujado por la globalización, se hacía más pequeño en lo político, económico y cultural, y la aspiración a crear un bloque político-económico con un sello propio, esa “patria grande” se va paulatinamente diluyendo, desdibujando, en beneficio de una visión más planetaria, universal, de la vida. 

Una en la que tienen cabida relaciones políticas y comerciales abiertas, transoceánicas, una perspectiva en donde la geografía y las distintas lenguas habladas no son más obstáculos para intercambiar experiencias de vida, bienes, usos jurídicos, tecnologías, costumbres, formas de esparcimiento, música, literatura, deportes, todo aderezado con grandes oleadas migratorias por encima de fronteras cada vez más porosas.

Si bien hoy siguen manteniéndose manifestaciones culturales locales, estas sufren aceleradamente la influencia de otras, hecho este afortunado que las enriquece, y les permite, a su vez, mejorar a aquellas, en un proceso dialéctico, de mutuas resonancias.

Si hay una patria grande con posibilidades de existir algún día es la planetaria, a pesar de las múltiples expresiones políticas, económicas o culturales que en el mundo hacen vida en la actualidad.

Aferrarse a la idea de compartimientos estancos en un entorno global cada vez más permeable es ir contra una corriente inexorable de la humanidad.

Los nacionalismos estrechos y los llamados desarrollos endógenos no tienen cabida en el mundo que se abre inexorablemente ante nuestros ojos.

Las prédicas añejas en nuestro hemisferio de hombres como Martí, Rodó o Vasconcelos, inspiradas en Miranda, Bolívar o San Martín, sobre una supuesta patria grande, no tienen futuro alguno en un espacio geográfico como el latinoamericano, que para sobrevivir y construir un futuro libre, democrático y próspero para sus ciudadanos, debe ser abierto sin complejos a las corrientes mundiales de toda naturaleza.  

El destino común de nuestros países, del que tanto se habla, es solo lograble desplegándose hacia el mundo con inteligencia, sacando el mayor provecho de las experiencias positivas propias y de extraños. No es dable seguir pensando en proteccionismos culturales o económicos que nos empobrecen y empequeñecen.

Hay que deslastrarse de ese cuento de la “patria grande”, propio de visiones aldeanas, menudas.