• Caracas (Venezuela)

Emilio Nouel V.

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Crisis europea y ralentización económica global

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Todos los análisis de instituciones, expertos y comentaristas internacionales coinciden en señalar que el horizonte cercano de la economía mundial pinta muchos y oscuros nubarrones.

Es un dato cierto, casi ineluctable, su ralentización. A pesar de la recuperación moderada de algunos países después de la crisis financiera que se desató en 2008, los augurios no son muy optimistas para este año.

El FMI ha recalculado sus pronósticos y hace sus advertencias; llama a los líderes a tomar medidas urgentes y enérgicas para reducir los riesgos de descarrilamiento de la recuperación.

Por su parte, la última reunión del G20 avizora los mismos vientos tempestuosos de recesión y estancamiento, y llama a una cooperación que propicie el crecimiento económico global, que eche mano de todas “las herramientas posibles”.

En este entorno complejo se ha asomado también otra crisis más particular: la de la integración europea, cuyas consecuencias podrían ser graves para esa región y el mundo, a menos que se imponga la sensatez, no solo de los líderes, también de los pueblos.

Este trance preocupante, si bien comenzó con el grave desarreglo financiero que se desencadenó en 2008, hoy se exacerba con la inmigración de millones de personas que huyen de las matanzas del fundamentalismo islamista y de los distintos conflictos en Oriente Medio, hasta ahora sin vías claras de solución permanente.

El modelo de integración europea, exitoso y ejemplar, está viviendo momentos difíciles e inciertos, desafortunadamente. Movimientos políticos ultranacionalistas/populistas han tomado como objetivo abatir las instituciones comunitarias, que tanto bienestar social ha traído a los ciudadanos europeos por décadas. La bête noire de estos grupos es la Unión Europea, y según ellos, la causa de casi todos los males que los aquejan, lo que no es cierto.

Pareciera que las nuevas generaciones se han olvidado o desconocen que la fuente de los enfrentamientos sangrientos del siglo pasado y los anteriores, fueron precisamente tales impulsos chauvinistas absurdos. Estos nuevos izquierdistas desdeñan lo que un socialista dijo alguna vez: “El nacionalismo es la guerra” (François Mitterand).

Resulta curioso ver cómo se juntan en la contestación de la Europa comunitaria los dos extremos de la política. La derecha xenofóbica, fascista y racista con la extrema izquierda anticapitalista, autoritaria e intolerante. Ambos sectores, a mi juicio, suicidas políticos.

Olvidan o desconocen, igualmente, que el alto nivel de vida que disfrutan en la actualidad se debe a la Unión que con muchos esfuerzos y sacrificios se levantó después de la Segunda Guerra Mundial.

La deriva disparatada que hoy observamos en el Reino Unido y otros países resulta incomprensible. Incluso países que fueron admitidos recientemente andan ya contestando los valores que inspiraron a la Unión, como es el caso de Polonia.

El referéndum que tendrá lugar entre los británicos para decidir si siguen o no en el UE es la expresión de esa suerte de locura que se ha apoderado de importantes segmentos de Europa, aunque para algunos, la denominada BREXIT no sería mal de morir, pues siempre se podrán conseguir mecanismos alternativos que en lo económico no afecten tanto a la integración.

Pero en lo político sería otra la historia, y el efecto, con seguridad, resultará negativo. La defección del Reino Unido debilitaría el poder de Europa en el mundo. Su peso no sería el mismo en las relaciones internacionales y de cara al resto de los poderes globales.

La negociación que recién las autoridades europeas han concluido con el gobierno británico para que ese país no se salga de la Unión ha provocado serias críticas; sería un retroceso desde estadios que se creían irreversibles.

De por sí, ellas son un síntoma contrario a la buena marcha del proceso de integración.

Ciertos observadores pesimistas comienzan a ver la disolución de Europa en un horizonte no muy lejano. Para el equilibrio necesario de poderes en el planeta sería una muy mala noticia.

Ojalá se imponga el sentido común en Europa y sea derrotado ese negacionismo absurdo que se ha apoderado de vastos sectores de esa región, alimentado por un chauvinismo demodé e inútil.