• Caracas (Venezuela)

Emilio Cárdenas

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Emilio Cárdenas

Persecuciones religiosas

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La ola de violencia extrema parece haber de pronto estallado en muy distintos rincones del mundo. Con componentes diversos, que provocan conflictos -y hasta guerras civiles- caracterizados por conductas aberrantes e inhumanas de todo tipo.

En algunos casos ellas parecen tener razones de corte fundamentalmente nacionalista como sucede, por ejemplo, en el conflicto interno que afecta a Ucrania. En otros, se advierten en cambio particularidades de contenido religioso. Como ocurre, por ejemplo, en Siria o en Nigeria. O en Pakistán. Lo cierto es que asistimos a un aumento -tan preocupante como notorio- de las persecuciones religiosas. El mundo no sale de la natural sensación de rechazo que ellas generan, permaneciendo indiferente cuando de reaccionar con eficiencia frente a ellas se trata.

Los cristianos somos -con mucha frecuencia- objeto de ellas. Se estima que nada menos que 80% de las persecuciones religiosas actuales apunta o se dirige contra los cristianos, en sus distintas denominaciones.

Esas persecuciones ocurren en algunas naciones musulmanas, por cierto. Pero también existen en China, Cuba y en los más diversos rincones de África. Desde Egipto a Nigeria. Y en los países del centro de África. Por año, como consecuencia de las persecuciones religiosas, mueren aproximadamente unos 10.000 cristianos. Los mártires, queda visto, no son cosa del pasado.

No obstante, también es cierto que los cristianos no son los únicos y exclusivos blancos del terror persecutorio. Los musulmanes son asimismo objeto de ataques. Como ocurre en Myanmar o en algunos lugares de la India, a modo de ejemplo.
Una serie de repulsivas fotografías recientes que registran lo que sucede a los cristianos en la ciudad siria de Raqqa, emplazada en el noreste del país, ha dado una rápida vuelta al mundo. Y hecho llorar al propio Papa. Conmoviendo, naturalmente, a la opinión pública.

Porque allí se muestra, descarnadamente, cómo se asesina -ante los ojos de todos y con una dosis de brutalidad sin par- a seres humanos, por el simple hecho de ser cristianos. Para exhibir enseguida -con saña- sus cuerpos crucificados, a la manera de símbolo o mensaje -tan horrible, como desafiante- de lo que es un odio irracional, profundo y salvaje en su exteriorización.

Los verdugos son en el mencionado caso sirio militantes del fundamentalismo islámico que pertenecen a la insurgencia que se ha rebelado contra el régimen autoritario de los Assad (respaldado por Irán). Ellos controlan Raqqa y muchas otras localidades sirias, donde han sometido a sus habitantes, que viven ahora presos del miedo.

Lo cierto es que las crucifixiones de cristianos se han sucedido en Siria desde el mes de marzo pasado. Desgraciadamente. Ellas han ocurrido en otras ciudades sirias, como es el caso de Maalula. Sus responsables pertenecen -casi siempre- al llamado "Estado Islámico de Irak y el Levante", organización terrorista que, promoviendo una versión del fundamentalismo islámico, demoniza sin cesar a los cristianos y los obliga a pagar un impuesto especial por pertenecer a su fe, prohibiéndoles, además, exhibir en público los símbolos del cristianismo. Muy particularmente, la cruz.

Atentados bastante parecidos, por su inmensa crueldad, ocurren también en otras latitudes y en otros continentes. Entre ellas, reiteradamente, en el norte de Nigeria. Hablamos de un país que acaba de reclamar para sí la distinción de ser la economía más importante de África, pero que no consigue poner coto a las tropelías de un sangriento movimiento fundamentalista islámico que responde al nombre de: "Boko Haram" (que, en idioma hausa, significa "la educación occidental es pecado"). Esa organización está dedicada a incendiar impunemente los templos, escuelas y residencias de los cristianos. En su accionar viola y asesina. Hasta ha secuestrado cobardemente a centenares de niñas cristianas para llevarlas aparentemente a Chad y Camerún y entregarlas allí como "esposas" a sus militantes. Por el precio de nueve euros cada una. Sin que, hasta ahora, se haya podido impedir la ola de terror religioso desatada por "Boko Haram", que ahora asola también a Abuja, la capital del país.

El papa Francisco ha hecho, con toda razón, reiterados llamados públicos denunciando las persecuciones religiosas y pidiendo que ellas sean reemplazadas por actitudes de tolerancia y de respeto recíproco.

Hasta ahora, esas sabias advertencias no parecen haber calado en los oídos de aquellos que son responsables del mantenimiento del orden en los países en los que las persecuciones religiosas ocurren. Los llamados papales a la concordia tienen su fundamento en hechos de crudo salvajismo y nos recuerdan que la libertad religiosa es un componente esencial de la dignidad de la persona humana.

El cristianismo tiene en su larga historia, es cierto, sus propias manifestaciones de intolerancia. Como las que tuvieron que ver con la inquisición y con algunas conductas evidenciadas durante las cruzadas, todas muy alejadas del espíritu de paz y generosidad predicado, con su ejemplo, por San Francisco de Asís.

No obstante, a partir del Concilio Vaticano Segundo, la defensa de la libertad religiosa está indisolublemente unida a la de respetar las creencias religiosas de los demás. Aún desde el punto de vista del secularismo, la libertad religiosa es, cada vez más, vista como un instrumento a través del cual todos los puntos de vista religiosos pueden contribuir a enriquecer el bienestar de una sociedad, en su conjunto.

Es hora de preocuparse muy seriamente por la creciente realidad de las persecuciones religiosas y por sus enormes atrocidades. Esto es, no sólo por sus motivaciones, sino además por las conductas aberrantes que de ellas se derivan.
También es tiempo de plantear insistentemente a los gobernantes de las naciones en las que ellas ocurren la necesidad prioritaria de que sean enfrentadas -con decisión y recursos- para que cesen, siendo reemplazadas por la prédica sincera del respeto y la tolerancia, virtudes sin las cuales la paz del mundo estará siempre amenazada.

Los esfuerzos serán necesariamente largos, pero deben emprenderse sin demora. En un escenario donde ni siquiera hemos sido capaces de desterrar el antisemitismo, poner coto a las persecuciones religiosas es una cuestión urgente.