• Caracas (Venezuela)

Emilio Cárdenas

Al instante

Emilio Cárdenas

India, una oportunidad a futuro

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Las elecciones nacionales de la India conforman el ejercicio democrático más concurrido del mundo. En efecto, a lo largo de cinco semanas -secuencial y ordenadamente- unas 814 millones de personas (el 66,38% de todos los autorizados a votar) depositaron sus votos en urnas distribuidas a lo largo y ancho del inmenso país. Eligieron así, ejemplarmente, a su gobierno. Esta vez hubo, entre los votantes, unas 100 millones de personas que sufragaron por primera vez.

Desde la independencia de la India, hace 67 años, el Partido del Congreso -el de la familia Nehru Ghandi- gobernó casi todo el tiempo. A lo largo de 55 años.

A la manera del peronismo, lo hizo con el populismo político como bandera y el estatismo económico como constante. Con muy fugaces excepciones. Allí, como aquí, el abrazo del populismo y del estatismo asfixió el crecimiento. Lo anestesió, al menos.

En la última década, la India ha observado, con alguna envidia, como China la ha dejado atrás en prácticamente todos los capítulos del desarrollo económico, con un esquema absolutamente inverso al de la India. Ocurre que China creció vertiginosamente cuando, a partir de la gestión de Den Xiao Ping, abrazó la apertura económica, mientras -al propio tiempo- mantenía el autoritarismo político propio del Partido Comunista. En lugar de utilizar la receta de los Nehru Ghandi, esto es la de la apertura política y el autoritarismo económico.

Contraponiendo sus propias vivencias con lo sucedido en China en la última década, aparecen los celos. Así como cierta desazón. Y el descontento

La información es hoy casi imparable. Y fluye más rápido que nunca. Particularmente en las ciudades, donde un proceso veloz de urbanización está transformando tanto a China como a la India. Por ello, lo que ocurre en China es, para los indios, inocultable. Contraponiendo sus propias vivencias con lo sucedido en China en la última década, aparecen los celos. Así como cierta desazón. Y el descontento.

Sensaciones que se profundizan cuando -en la India- la gente advierte que, además, su clase política está infectada de corrupción y ordeñando a la sociedad a la que presuntamente sirve. Por esto la ansiedad por cambiar. Por lo demás, cuando -como ha sucedido en la India- de crecer a tasas de 7% anual se pasa a hacerlo a 4,5% anual, la ansiedad se acelera.
Los sentimientos referidos, que alimentaron la frustración de muchos, motorizaron a multitudes que se agolparon en torno al enorme triunfador de los comicios recientes. A Narendra Modi, quien fundamentalmente propuso a su pueblo cambiar drásticamente de receta. O sea modernizar al país desde la desregulación y la apertura. Lo hizo a la cabeza del partido que encarna al nacionalismo político indio, el BJP.

Su victoria electoral ha sido resonante. La más grande de los últimos treinta años de la historia de la India. Inmensa, sin duda. Con 31% de los votos totales (unos 260 millones de votos en su favor) Modi tendrá ahora mayoría propia en la cámara baja del Parlamento sin necesidad de tejer coaliciones. Esto supone poder actuar allí sin tener que negociar con nadie los cambios drásticos que la India necesita con urgencia. Una situación cómoda para Modi, que sin embargo tiene sus peligros desde que no será fácil moderar sus propuestas, si -de pronto- ello fuere necesario.

No obstante, lo cierto es que Modi no controlará la cámara alta (Rajya Sabha), donde -sumado a sus aliados- tendrá sólo 63 de las 250 bancas. Para poder sancionar las reformas estructurales que propone -muy especialmente aquellas que tienen que ver con desregular al mercado laboral, reformar el sistema impositivo y modernizar el sistema de propiedad de la tierra- Modi necesitará acordar en la cámara alta con los líderes de la política regional, esto es con los llamados "sátrapas". Como es el caso de la poderosa Jayalalithaa, del estado de Tamil Nadu. Lo que no es, para nada, imposible.

En la cámara baja, Modi tendrá 285 escaños parlamentarios. Trece más que la mayoría simple que pretendía. Por esto su designación como primer ministro fue inmediata y devino apenas una formalidad.

La izquierda, que tenía allí 206 bancas, ahora contará con apenas 48. Un desastre histórico de magnitud para los Ghandi. Un sismo, realmente. Quizás el saludable fin de las dinastías políticas en la India. Estamos frente al peor resultado obtenido por el Partido del Congreso desde 1984, cuando el asesinato de Indira Ghandi. Toda una humillación.
Particularmente para Sonia Ghandi (que preside el partido) y para su hijo, el ineficaz -e insulso- Rahul, ambos considerados responsables directos del fracaso que ha diezmado la presencia parlamentaria de su partido.

Modi, que tiene 63 años, se impuso, queda visto, abrumadoramente. No sólo por su tremendo carisma personal, también por sus propuestas, por el resultado positivo de su gestión como gobernador de Gujarat durante 13 años, por su increíble energía personal y como resultado de una campaña impecable. Y, además, porque se lo tiene como el hombre capaz de desarticular a la poderosa -y paralizante- burocracia india y corregir su excesiva y tortuosa tendencia al reglamentarismo. Además de poder darle disciplina -e imprimir velocidad- a la adopción de las decisiones necesarias. Todo lo que es indispensable para articular rápidamente el ambiente positivo para las inversiones que Modi procurará edificar y mantener. Para entusiasmar, entonces. Dentro y fuera de su país.

Cuenta con el apoyo abierto de la juventud, que apuesta a un futuro mejor desterrando la corrupción
La propuesta de Modi es, en esencia, la de parecerse económicamente lo más posible a China. Supone poder disputarle el futuro con posibilidades de éxito. Así como crear oportunidades y trabajo. Esto es, salir de la frustrante inercia económica en la que la India flotara por años. Lo que supone enfrentar una transición que presumiblemente comenzará con rapidez.

Modi cuenta con el apoyo abierto de la juventud, que apuesta a un futuro mejor desterrando la corrupción. Esto no es sorprendente, desde que cada año la India debe incorporar a diez millones de personas más a su fuerza de trabajo. También cuenta con el sostén de la influyente clase empresaria de la India, cansada de las postergaciones de todo tipo que ha generado el estatismo, particularmente en los últimos tres años.

Para algunos, existen riesgos en torno al personalismo de Modi. Como el de caer, de pronto, en el autoritarismo. Y el de generar nuevamente tensiones entre los "hindus" y los "musulmanes". Entre los 285 legisladores de Modi no hay ningún musulmán, pero lo cierto es que muchos musulmanes lo votaron. Existe también el riesgo de encender el nacionalismo propio del movimiento Hindutva, complicando -de pronto- las tensiones regionales y las relaciones con Paquistán, país musulmán inestable que -como la India- es una potencia nuclear. Modi ha salido al cruce de estos temores invitando al primer ministro de Pakistán, Nawaz Sharif, a su asunción. Fue la primera vez en la historia que un primer ministro de Paquistán concurre a esa ceremonia en la India.

En materia de política exterior, el conocido pragmatismo de Modi debería derivar hacia el realismo. Acercando posiciones con todos. Sin exclusiones. No es imposible, entonces, que ella de pronto tenga más de un parecido con la de la vecina China.

Modi se ha comprometido a mejorar la infraestructura india, tarea que es no sólo indispensable, sino urgente, si se trata de mejorar la competitividad del país. Entre otras cosas, ha prometido limpiar el Ganges, el río sagrado cuyas aguas están contaminadas. Esperemos que le vaya mejor que a nosotros con el Riachuelo.

Por ahora los mercados creen en su éxito. Y apuestan claramente en su favor.

Las acciones indias que cotizan en Bolsa (la mitad de las cuales está en manos de tenedores extranjeros) subieron nada menos que un 17% en los últimos tres meses. Lo que es una clara señal de confianza. La suba afectó particularmente a las acciones y títulos de las de los grandes grupos industriales. A su vez, la rupia está cotizando en sus niveles más altos, contra el dólar del último año.

Habrá que esperar, como siempre, antes de poder definir su victoria. Pero en pocas palabras se puede resumir lo que debiera comenzar a suceder: una verdadera catarata de cambios profundos. Para la India, el despertar que Modi apunta a generar vendrá, seguramente, aunque sólo tras una necesaria sacudida previa. Si Modi tiene éxito, la India aumentará significativamente su presencia y relevancia en el escenario mundial.