• Caracas (Venezuela)

Emilio Cárdenas

Al instante

Crece disconformidad en Venezuela

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LA NACIÓN. ARGENTINA

 

Teóricamente los venezolanos van camino a votar en las elecciones intermedias nacionales previstas para el próximo 6 de diciembre. Todas las encuestas coinciden en señalar que la oposición debiera imponerse en ellas por un muy amplio margen. El oficialismo apenas tiene hoy 20,8% de la intención de voto y su gestión administrativa cosecha la inequívoca repulsa de nada menos que 83,9% de los entrevistados.

No obstante, existe una sensación de alta desconfianza respecto de que, cuando llegue la hora, las elecciones intermedias de diciembre efectivamente se lleven a cabo. Y hay ciertamente razones para ello.

Por una parte, los altos jefes militares (que hoy conforman la oligarquía venezolana, estructurada con un alto componente castrense) alertan -públicamente- que cualquiera sea el resultado de los comicios que se aproximan, ellos garantizan que no se alterará en modo alguno el equivocado rumbo "bolivariano" del país. Como si la expresión de la voluntad popular en las urnas les importara absolutamente nada.

Por la otra, Nicolás Maduro está atizando activamente una posible "cortina de humo" que podría servirle de excusa para, desde el nacionalismo, encender rispideces externas con el propósito real de "suspender" las elecciones intermedias que se aproximan. Me refiero al eterno -y difuso- conflicto fronterizo que Venezuela mantiene desde hace 116 años con la vecina Guyana, ahora exacerbado por el descubrimiento de petróleo costa afuera, en una concesión otorgada por Guyana. Para Guyana, el camino para resolver el diferendo limítrofe es el de la Corte Internacional de Justicia. Para Venezuela, en cambio, una mediación en el ámbito de las Naciones Unidas. En el pasado, un laudo arbitral decidió la controversia en favor de Guyana, en 1899. Venezuela siempre lo rechazó, tachándolo de fraudulento.

En paralelo, Maduro se niega a permitir que la OEA envíe observadores independientes a las elecciones de diciembre próximo para así tratar de evitar el fraude que, de otro modo, podría perpetrarse con el objeto de despojar a la oposición de un triunfo que ciertamente luce inevitable.

Hay, sin embargo, también otro factor que ha comenzado a pesar significativamente en Venezuela. Se trata del evidente hartazgo de muchos con la estrecha situación en la que se los obliga a tener que vivir: una de escasez de todo, que transforma la vida cotidiana en un largo suplicio. O, más bien, en una serie interminable de largas -y tediosas- colas. Para poder ir y volver al trabajo. Para comprar alimentos, como se pueda. Para obtener medicamentos, siempre escasos. Para estudiar. Para todo, entonces.

Mientras tanto, el pueblo venezolano sufre estoicamente el azote de una inflación que se proyecta será del 140% para este año. Y, humillado, debe dejar sus huellas dactilares cada vez que, por ejemplo, compra alimentos en los supermercados, como inusual mecanismo para asegurarse de que nadie "compre demasiado".

Están apareciendo señales preocupantes de un peligroso y creciente mal humor social y de la presencia de una sensación masiva de angustiado cansancio. Prueba de ello es que, pese al estado policial y a la permanente represión, se produjeron –hace muy pocos días– saqueos en la localidad de San Félix, en el estado de Bolívar. En busca de alimentos. Con una secuela grave: un muerto y sesenta detenidos. Y con la sensación de que este tipo de lamentables hechos violentos impulsados por la desesperación podrían, de pronto, reiterarse. Lo que sucedió esta semana contra un supermercado Makro, en Carabobo, en el norte del país. La realidad es que hay demasiados venezolanos a los que el gobierno ha empujado hacia un estado de cansancio y desesperación.

Porque la gente se sabe arruinada. Postergada. Excluida. Con una tasa de desocupación que está por encima de 20%. Y, por ende, sin futuro. En un país que posee las reservas de hidrocarburos más grandes del mundo, la situación por la que hoy atraviesa el pueblo venezolano parecía imposible siquiera de imaginar. Los enormes desaciertos bolivarianos se evidencian con sólo señalar que en 1998 la exportación de productos "no-petroleros" conformaba 29% de los ingresos del país por sus exportaciones. Hoy ellos generan apenas 3% de los mismos. El derrumbe es obviamente casi total.

Para evidenciar la difícil situación del pueblo venezolano basta señalar que hoy tan sólo funciona 60% de los vehículos de transporte colectivo urbano. Y apenas la mitad de aquellos que están afectados al transporte de larga distancia. El resto está paralizado. Por falta de repuestos o de neumáticos, debido a la imposibilidad de importarlos atento la falta de divisas. O por la inevitable "canibalización", para permitir a los demás funcionar.

El promedio de espera en las colas urbanas de transporte es de cuatro horas diarias, lo que provoca que la gente sienta que, con el tiempo que se les obliga a dedicar a las esperas, simplemente se les está robando -desfachatadamente- buena parte de sus vidas. Y es evidentemente así.

Por esto, la oposición unificada –cada vez más amenazada e intimidada desde lo más alto del gobierno venezolano– ha convocado a una "Marcha contra el Hambre y en Defensa de la Libertad" que tendrá lugar el sábado próximo en Caracas y en todas las capitales provinciales simultáneamente. Para pedir enfrentar "con sentido común, y no con balas, la crisis creada por la corrupción y la ineptitud oficial", según lo manifestó expresamente el propio Secretario General de la Mesa de la Unidad Democrática", Jesús Torrealba.

Existe la sensación de que en cualquier momento el país puede, de pronto, enfrentar un terremoto económico que termine sumiendo a la torturada sociedad venezolana en un verdadero caos vital. Y se escuchan por ello los temores que anticipan las posibles convulsiones que ello podría provocar.

La situación venezolana está llegando a los límites de lo que la paciencia de un pueblo puede tolerar. Por esta razón uno vuelve a leer la obra de Gene Sharp: "De la dictadura a la Democracia", que es una suerte de Biblia para todos aquellos que procuran liberarse pacíficamente del autoritarismo. Allí se advierte cuan larga es la lista de las dictaduras que han colapsado desde los años 80. Todas aquellas que cayeron tuvieron su propio "talón de Aquiles". Y muchas veces en la historia reciente el pueblo logró deshacerse pacíficamente de sus dictadores con esfuerzos no-violentos que hicieron –de inicio– caer los mitos, los relatos mendaces y los engañosos símbolos en los que siempre se apoyan las dictaduras para, luego, desestabilizar a las dictaduras mismas, sin recurrir a la violencia.

Si las políticas de la administración de Maduro no cambian, la desintegración económica de Venezuela puede acelerarse antes de que, en diciembre próximo, el pueblo venezolano evidencie con sus votos que le ha quitado la confianza a un gobierno no sólo autoritario, sino ineficaz. Ese, puede anticiparse, será presumiblemente el mensaje nítido que se emitirá desde las urnas, legitimando las protestas.

De allí la importancia realmente crucial que cabe atribuir a las próximas elecciones intermedias, en las que la oposición tiene posibilidades reales de tomar el control del Poder Legislativo. Esa debe ser su prioridad. No otra. Mientras tanto, la angustia de la gente, ante la total precariedad en la que muchos deben vivir puede ir aumentando al compás del ya vertiginoso deterioro del nivel de vida que ha caído, cual alud, sobre las espaldas de la enorme mayoría de los venezolanos.