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Una cuestión de identidad

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Quienes leen mi columna desde hace tiempo han podido darse cuenta de la manera como yo veo el mundo y lo que sucede a nuestro alrededor, del hincapié que hago en que cada una de nosotras preste atención y reflexione acerca de todo lo que ocurre, para examinar cómo nos afecta en lo particular y de ahí extraer conclusiones propias que nos ubiquen en el terreno de la realidad en el que cada una está parada. Esto es hacer conciencia para construir una identidad propia, un yo, que nos sirva de referencia para saber que existimos.

Habrán notado que creo con firmeza en que cada una de nosotras forma una entidad individual con atributos particulares que nos caracterizan y definen y que cualquier intento de meternos a todas en un mismo saco me produce escozor. Considero un insulto a nuestra inteligencia y sensibilidad que nos traten como burras y nos manden mensajes cuya intención es despersonalizarnos para que nos convirtamos en una masa informe y fácil de manipular, que sirva a intereses inescrupulosos. Como cuando la industria de la moda nos muestra unos trapos que han sido dibujados por los diseñadores en sus talleres, que requieren en la pasarela de modelos que exhiben una híper delgadez que hace temer por su salud y nosotras caigamos en la trampa de creer que ese horror es belleza o elegancia. O cuando en las campañas publicitarias apelan al engaño y, por citar solo un caso, promueven productos para mujeres en la etapa de la menopausia con imágenes de mujeres por lo menos veinte años más jóvenes y con las caras más lisas que las nalgas de un bebé, como si la madurez careciera de atractivo y debiéramos esconderla. O, lo más reciente y, por tratarse de lo que se trata, más escandaloso, cuando con fines puramente electorales se han dado a la tarea de inculcarnos a modo de mantra político que somos otra persona, una que, obviamente, no somos. ¿A quiénes engañan? A las incautas que se comen esos cuentos.

La falta de identidad propia se convierte en tragedia personal. A lo largo de los numerosos encuentros, no importa en qué época, situaciones y ambientes; y en las muchas conversaciones en las que hemos compartido intimidades, he podido observar que es mayor la infelicidad que manifiestan aquellas mujeres que por no tener suficiente conciencia de sí mismas y de quiénes son, renuncian a partes importantes de sí para plegar sus vidas a lo que los demás esperan de ellas. Pierden su identidad, dejan de ser, carecen de criterio propio, se olvidan de sus deseos y necesidades, de sus proyectos, terminan anuladas por vivir en función de los demás. Al final se encuentran con su no-ser, su insatisfacción, su vacío y con frecuencia caen en depresión.

Algunas tienen la oportunidad de recuperar lo perdido cuando hacen el esfuerzo que ello requiere, logran reencontrarse consigo mismas y rehacer sus vidas. Otras no, ya no tienen ánimo ni coraje para salir del hueco en el que sienten que están y siguen sus vidas fantasmales sintiéndose cada día más huecas, insatisfechas y tristes.

Yo no dudo acerca de quién soy: Yo soy yo. Y tú, ¿qué respondes?