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De Caracas al Bolshói

Oriana Jiménez, la única bailarina extranjera aceptada en la sección para estudiantes rusos que, además, acaba de graduarse con honores / Anastasia Camargo

Oriana Jiménez, la única bailarina extranjera aceptada en la sección para estudiantes rusos que, además, acaba de graduarse con honores / Anastasia Camargo

Entre los recientes escándalos que ha protagonizado la compañía de ballet más importante de Rusia y las especulaciones que se han suscitado sobre sus conflictos internos, descubrimos la historia de Oriana Jiménez, la única bailarina extranjera aceptada en la sección para estudiantes rusos que, además, acaba de graduarse con honores

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Intrigas y luchas de poder han hecho del Ballet del Teatro Bolshói motivo de noticias y grandes reportajes este año. En enero su director artístico, Serguéi Filin, fue atacado con un baño de ácido en el rostro y el culpable resultó ser Pável Dmitrichenko, el bailarín solista, quien luego recibiría una carta de apoyo firmada por más de 300 de sus compañeros. A principios de julio fue despedido su director general, Vladimir Iskanov, tras varias denuncias por mala gestión. Si le sumamos a todo esto otros despidos y la renuncia de algunos bailarines, pareciera que lo que había sido un secreto a voces, a través de la historia, terminó siendo una realidad: el mundo del ballet es duro, competitivo en extremo y supone sacrificios impensables.

El drama que vive la compañía de ballet más importante de Rusia ­y de las de mayor renombre mundial­, fácilmente, podría ser el guión de una exitosa serie de televisión o de un thriller cinematográfico, a lo Black Swan. Pero toda moneda tiene dos caras y el otro lado de esta contiene anhelos, alegrías y satisfacciones de quienes soñaron ser parte del Bolshói y lo lograron, como Oriana Jiménez, bailarina venezolana.

Dice su madre que cuando la pequeña Oriana estaba en preescolar lo que menos imaginaba era que sería una bailarina profesional. Nunca quiso jugar muñecas, no le interesaban las cosas de niñas y era tan tosca como un varón hasta que, en uno de los actos culturales del colegio, algo cambió. La mamá notó que ella se movía de forma "diferente" sobre el escenario y decidió llevarla al Teresa Carreño, donde recibió las primeras lecciones de ballet con Rafael Portillo.

De aquellos tiempos la chica recuerda que quería ser veterinaria, "pero después empezaron las clases de ballet y me gustó, inmediatamente". El aprendizaje continuó con Fanny Montiel y en la escuela de Nina Novak, quien se convirtió en una de sus grandes influencias, junto a la maestra del Bolshói, Ruta Butviliene. Hoy piensa que ser hija de dos curadores de arte, Ariel e Isabelle Jiménez, también tuvo que ver en sus decisiones, "mis padres siempre nos llevaban de chiquitos a exposiciones y nos explicaban sobre el arte".

En abril de este año los estudiantes del ballet, todos nacidos en Rusia, tuvieron una presentación en la Ópera de París. Oriana no solo era la única bailarina extranjera sobre el escenario ese día, también es la única extranjera que ha formado parte de la sección rusa...la que es solo para rusas.

Al parecer, antes aceptaron a una japonesa, pero ella creció y se crió en el país de los zares, y dicen que hace más de 30 años una bailarina de apellido Rojas estuvo en el ballet durante un año. Mas estos son datos no confirmados. ¿Que cómo terminó Oriana allí? Ni ella misma lo tiene claro.

Próxima a finalizar sus estudios de educación media en el Colegio Francia, a la bailarina se le ocurrió enviar al Bolshói, en Moscú, un video de ella haciendo una clase. Ya había asistido a dos talleres intensivos de verano en la sede del ballet en Nueva York y había quedado fascinada por el entrenamiento y el método de aprendizaje ruso.

Tras evaluar el video, la aceptaron y, además, la ubicaron en el área de estudiantes rusas ­existe otra sección para extranjeros donde, también, hay una venezolana­.

"La verdad es que no tengo idea de cómo llegué a la clase de Marina Leonova en la sección rusa, ¡pero me gustaría saber por qué me escogió!". Lo que Oriana ignora es que su madre tiene la respuesta pues, en su opinión, su hija posee cualidades determinantes: tenacidad, voluntad para alcanzar metas y humildad, saber que nunca se llega a la perfección buscada.

Estos tres años de estudio en el Bolshói han significado rigurosos entrenamientos y rutinas rígidas: levantarse a las 8:00 am, desayunar nueces con miel, frutas y café.

Asistir a clases de ballet clásico de 10:50 a 12:45. Ensayar. Otra clase, tal vez de pas de deux, de carácter o moderno y, al finalizar, más ensayos que podían extenderse hasta las 8:00 de la noche. "Los pasa
tiempos son pocos, ya que queda poca energía para hacer otra cosa que no sea ver una película o dormir". También han sido tres años de aprendizaje del idioma ruso, de cursar estudios de preparatoria adicionales y de innumerables funciones y giras por Washington, Roma, Atenas, San Petersburgo o Kazán.

Aguantar el inclemente día a día exige mantenerse en plena forma, para lo cual es vital una alimentación saludable y balanceada.

"Muchas frutas y vegetales, proteínas y un poco de carbohidratos. Claro que ir a comerse una hamburguesa siempre provoca, pero es mejor que sea muy ocasional". Su otro aliado en el cuidado de la salud ha sido el sueño y "muchas cremas y mascarillas para la mañana y la noche".

Es pregunta obligada saber si la ha afectado la situación que se generó en el ballet a partir del atentado a su director. La bailarina dice mantenerse ajena al drama, "simplemente, espero que el señor Fillin se recupere rápidamente y pueda seguir trabajando lo más pronto posible". Sin embargo, reconoce que la competencia interna es difícil en cualquier medio artístico y el ballet no es la excepción, "sobre todo cuando se trata de un puesto, un rol, una variación... Lo más difícil para mí es soportar la parte mental: recibir críticas muy fuertes y también el hecho de tener que seguir trabajando cuando uno esta extenuado".

A sus 20 años, Oriana Jiménez acaba de finalizar con honores sus estudios en el Bolshói; fue la única bailarina que recibió tal distinción.

Pero, una vez que tenga el diploma en sus manos debe iniciar la búsqueda de un puesto en otro ballet porque para poder permanecer en el del Bolshói de forma profesional, hay que ser nacido en Rusia, y esta vez no hay excepciones.

"Haber llegado hasta el Bolshói es algo increíble, nunca pensé que bailaría en ese escenario ni podría trabajar con tantas personas famosas y talentosas. Siento que he cambiado mucho, sobre todo, en la manera de percibir el arte y entenderlo". Ahora la bailarina guía sus pasos hacia un nuevo escenario para luego hacer realidad la idea que danza en su cabeza: montar una compañía de ballet en Venezuela.