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Como es adentro, es afuera

Como es adentro, es afuera / EME

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El avión aterriza con normalidad a las 9:15 pm y algunos aplausos se escuchan al fondo. Sonrío ante lo que creía que era una vieja costumbre campurusa ya desaparecida.

Pensé que si aplaudieron para celebrar que no se cayó el avión y siguen con vida, puedo entenderlo. Nacimos con brazos y no con alas, volamos a punta de ingeniosa tecnología y, aunque sea un medio de transporte muy seguro, los aplausos liberan el sustico que algunos pueden sentir.

Pero si aplaudieron porque regresaron al país poco les duró el regocijo. Tuvimos que aguardar más de lo usual para salir del avión sin saber qué impedía la salida. La impaciencia asomaba cuando el piloto anunció por el altoparlante que no podíamos salir hasta que el personal del aeropuerto conectara el túnel de desembarque a la puerta del avión. Pasaban los minutos. Cruce de miradas y comentarios entre los pasajeros. “De vuelta a la realidad”, comentó alguien con tono de fastidio.

Me comunico con mi familia para avisarles que tenemos ese percance para que no se intranquilicen si llego un poco más tarde. Andar a esas horas de la noche en la calle es una temeridad y reportarse a cada tanto se ha convertido en una obligación. Me advierten que no hay agua en la casa. Ya suman tres días de racionamiento. Comienzo a sentir una mezcla de susto con frustración reptando en el estómago.

No hubo con quien me topara en los siguientes días que no me comentara lo difícil de la situación. Me di cuenta de cuánto creció el miedo, la incertidumbre, la depresión y la rabia. Lo veo en la mirada, en los cuerpos, en los comentarios. Es una dolencia nacional.

Ante esto, qué puedo hacer; yo, no los demás, me pregunté. Entiendo que a muchos les provoca salir corriendo y largarse de aquí, pero para mí esa no es una opción. He visto cómo huyen de sus problemas y se los consiguen adonde van. Yo me quedo aquí y lo que tenga que bregar, lo bregaré aquí.

Decidí revisarme. No puedo criticar el afuera si por dentro tengo lo que tanto critico. Si encuentro hostilidad en los demás, reviso si yo ando gruñéndole a la gente. Si me disgusta la suciedad de las calles o la falta de mantenimiento, reviso mi casa a ver el estado en el que la tengo. Pago mis cuentas a tiempo para pedir que me paguen a tiempo a mí. Si me quejo del desabastecimiento, no compro más de lo que consumo. Si critico el tráfico insoportable, no uso mi carro para ir a la esquina. Si los demás no trabajan como deben, me esmero en cumplir con mi trabajo.

El país está en crisis y quienes vivimos aquí también. Una crisis de valores éticos, llenos de egoísmo, de quejumbre, negados al cambio. Más que hambre de pan tenemos hambre de fe, de espiritualidad, de sentirnos parte de un todo más grande y de asumir la responsabilidad personal.

Lo que estamos viviendo es una gran lección. No esperemos cambio si no cambiamos. Yo decidí que voy a dar lo mejor de mí cada día y hacer lo mejor que pueda con lo que tenga aquí. Apuesto al cambio y haré lo necesario para verlo llegar.