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Práctica de yoga

Práctica de yoga

Me gusta enseñar al principiante como si se tratara de un juego, igual a como aprendíamos cuando éramos niños

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No quiero dejar pasar más tiempo sin referirme a la experiencia que compartimos quienes asistimos al evento de Yoga celebrado a fines de mayo en la sede de El Nacional; yo, dirigiendo la práctica como instructora y un heterogéneo grupo de personas siguiéndola con entusiasmo.

Antes de comenzar la sesión y mientras saludaba al público, observé al grupo que tenía ante mí. Estaba formado por hombres y mujeres –más ellas que ellos, como es frecuente que ocurra– de diferentes edades, pesos y condiciones físicas. Observé muchas espaldas encorvadas por la costumbre que tenemos de sentarnos sobre el coxis en lugar de hacerlo sobre los isquiones –las dos protuberancias óseas de la pelvis que asoman cuando flexionamos el torso hacia delante y tocamos al poner una mano en cada glúteo– que, cuando los colocamos en la posición correcta, nos permiten mantener la espalda erguida sin tensiones mientras permanecemos sentados.

En seguida pregunté a los presentes quiénes habían practicado yoga alguna vez, pocas manos se levantaron. No me sorprendió porque la invitación al evento anunciaba que estaría dirigida a principiantes, pero sí me indicó que tenía ante mí a un nutrido grupo conformado por una mayoría que se acercaba al yoga por primera vez. Eso me emocionó.

Me encanta enseñar a quienes acuden a su primera clase de yoga. Por experiencia sé que van al encuentro de un tesoro insospechado y extraordinario que les hará cruzar un umbral importante en sus vidas. Conocerán aspectos de sí mismos al explorar la información que llevan contenida en el cuerpo. Aprenderán a darle lectura e interpretarlo, a prestarle atención de una manera diferente, que va más allá de la apariencia externa, que es como solemos hacerlo, y a darse cuenta de sus necesidades físicas, mentales y emocionales del momento.

Me gusta enseñar al principiante como si se tratara de un juego, igual a como aprendíamos cuando éramos niños, que absorbíamos como esponjas porque teníamos una apertura ingenua ante el mundo. Entonces estábamos desprovistos de conceptos con los que pudiéramos intelectualizar y cuestionar las experiencias, nos concentrábamos en lo que hacíamos y nos fastidiaba que los mayores nos interrumpieran aunque fuera para ir a merendar.

Así, una primera sesión de aproximación al yoga se convierte en un juego divertido con el que exploramos nuestro cuerpo con curiosidad para descubrir lo que contiene. Quizás percibo una tensión muscular en el cuello, o que ando encorvada, que me cuesta mantener el equilibrio, que soy flexible como un junco o tiesa como un palo, que mi respiración es corta y superficial, que mi mente es dispersa o focalizada, o que me frustro cuando algo no me sale bien.

Al final hubo quienes se acercaron a pedirme orientación sobre cómo diseñar sus prácticas personales, qué era conveniente hacer y qué no, a qué hora, cuál música, dónde.
Les dije que practiquen y escuchen lo que su cuerpo les dice, él nunca se equivoca. No conviertan su práctica en otro motivo de estrés. Al final de ella tienen que sentir que lo que hicieron les hizo mucho bien.
¡Namaste!