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Vacaciones por adelantado

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Escribir sobre el tema de las vacaciones después de haber tenido una semana de locura y un día en el que casi todos los planes me han salido al revés me parece una jugada maestra

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Escribir sobre el tema de las vacaciones después de haber tenido una semana de locura y un día en el que casi todos los planes me han salido al revés me parece una jugada maestra de allá arriba para probar qué tan fuertes están mis virtudes ciudadanas de paciencia, tolerancia y fe. Sí, esas mismas que ejercitaré con fruición hasta que me toquen mis vacaciones.

Para que tengan una idea: esta mañana cuando encendí mi computadora para enviar la columna que me fajé a escribir ayer –y que debía enviar hoy, con quince días de anticipación a la fecha en que ha de salir publicada con el tema previsto para esta edición, las vacaciones–, me encontré con el desagradable detalle de no tener conexión a internet.

¡Grrr! “Quizás se deba –me dije con impaciente fastidio– a los intermitentes cortes de luz que hubo ayer durante todo el día”. Desenchufé el módem, esperé un rato, volví a enchufarlo y nada. Lo intenté de nuevo varias veces y al no conseguir la ansiada conexión decidí llamar al servicio técnico para que me ayudaran a resolver el problema por vía telefónica.

Me atendió una joven con fina gentileza de voz ininteligible. Qué bien la entrenaron para que no perdiera la compostura cuando atiende al cliente que no le entiende ni jota de lo que dice porque pareciera que habla con los labios cosidos. Por cada instrucción que me daba yo tenía que decirle: “lo siento, pero no le entiendo”.

La joven repetía. Con dificultad yo le entendía luego de varias repeticiones. Habrá pensado que soy bruta, pero no me atreví a decirle que no comprendía por su forma de hablar, no fuera a ser cosa que me agarrara tirria y en venganza simulara que estaba chequeando algo en el sistema y me dejara colgada quién sabe por cuánto tiempo hasta que –¡oh, no!– se “cortara” la comunicación.

Después de más o menos 20 minutos de este curso obligado de ventriloquia telefónica logré entenderle a la joven que todo el esfuerzo había sido infructuoso porque no podía resolverme el problema y que en un lapso de 48 horas un técnico me llamaría, por lo que tenía que decirle el horario en el que estaría yo en casa para atender esa llamada porque debía estar sentada frente al equipo encendido.

Con el teléfono pegado a la oreja y el apuro en la boca del estómago repasé mentalmente mi agenda y supe que más complicada no la podía tener. Entre clases grupales, horas de consulta privada, diligencias personales, pesquisas para encontrar productos de la cesta básica desaparecidos y ajustes con el horario de racionamiento de agua del edificio, vi peludísimo anticipar la hora disponible para la importante cita.

Sin poder disimular la frustración le dije en broma a la joven que a menos que fuera en agosto, que es cuando agarro mis vacaciones, no iba a poder atender a ese señor.

Me dio un número de reporte que copié y creo que me dijo que “tuvieraunexcelentedía”. “¡Gracias!”, le contesté con ironía. “¡Seguro que ‘sininterné’ lo tendré!”. Estoy que me salto el mes de julio.