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Transformar la frustración

La poca tolerancia a la frustración nos produce rabia y tristeza

La poca tolerancia a la frustración nos produce rabia y tristeza

“Enquistarse en la soledad y la frustración, quejarse constantemente de las desdichas y tragedias que nos acosan y no hacer absolutamente nada para modificarlas, es un camino seguro hacia la depresión. Un camino que se recorre solo”. Erich Fromm, psicoanalista y filósofo humanista alemán

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Cada día nos encontramos con diferentes motivos que ponen a prueba nuestro temple de acero. Quizás salimos de casa más temprano que de costumbre y nos encontramos con que la cola comienza mucho antes de lo esperado y no vamos a llegar a tiempo a esa cita tan importante; o la meta que nos habíamos propuesto alcanzar en un tiempo determinado se ve pospuesta indefinidamente por un obstáculo inesperado. Puede ser que sumemos otro disgusto con alguien a quien queremos mucho por las mismas razones por las que hemos discutido en otras ocasiones y estamos a punto de tirar la toalla ante las diferencias irreconciliables. O nos parece que las personas a nuestro alrededor no hacen lo que suponemos que deben hacer ni las cosas salen como deseamos que salgan. Nos sentimos frustradas.

La manera como reaccionamos frente a la frustración nos indica qué tan alta o baja es nuestra tolerancia cuando surgen situaciones inesperadas que impiden la satisfacción de nuestros deseos o necesidades a nuestra entera voluntad.

La poca tolerancia a la frustración nos produce rabia, dolor, tristeza, ansiedad, desánimo y sentimientos de impotencia que pueden llevarnos a tratar de evitar del todo la situación que nos produjo la frustración, a que nos desmotivemos y abandonemos nuestras metas y proyectos, o a que intentemos buscarle solución de manera equivocada, que es lo que suele ocurrir cuando no somos capaces de controlar los impulsos agresivos.

Una adecuada tolerancia a la frustración nos permite abordar las situaciones desagradables con mayores probabilidades de éxito. No es que vamos a dejar de sentirnos decepcionadas, después de todo no obtuvimos algo que queríamos y no se trata de negar el malestar que sentimos. Lo que importa es no quedarnos paralizadas rumiando nuestro descontento, sintiéndonos víctimas de las circunstancias y en estado de queja permanente para infortunio de quienes nos rodean.

La madurez pasa por aceptar que la vida no es fácil, cómoda ni placentera todo el tiempo, que las frustraciones son parte inevitable de ella y que las incomodidades, el dolor o la tristeza momentáneas no solo forjan nuestro carácter haciéndonos más resistentes, sino que también nos sirven de acicate para buscar alternativas y soluciones creativas a los problemas que se nos presentan.

De una misma experiencia frustrante hay quienes crecen porque reflexionan y sacan conclusiones positivas que las ayudan a ser más flexibles, tolerantes y fuertes; mientras que hay otras que se hunden en el pesimismo, no ven salida y abandonan antes de siquiera intentar.

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