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Madres descontroladas

Convertir a un infante en el vertedero de las frustraciones propias de los adultos es un maltrato psicológico

Convertir a un infante en el vertedero de las frustraciones propias de los adultos es un maltrato psicológico

Las madres que no controlan su angustia y no cuidan lo que dicen frente a los hijos les ocasionan un daño terrible

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El escenario es una panadería a la que entro a desayunar después de hacer una larga caminata matutina para sacudirme la inquietante expectativa post electoral. Elijo sentarme en una de las mesas fuera del local y me encuentro con que la que está disponible tiene encima la bandeja con los platos usados que dejó el comensal anterior.

“¡Qué pésima costumbre! ¡Cuándo aprenderemos!”, refunfuño con fastidio por la indolencia del que no le importa dejar su reguero a quien le sigue, mientras limpio la mesa de migas para luego llevar la bandeja abandonada hasta el contenedor cercano donde ha debido dejarla.
“¡Nunca!”, escucho que responde tajante una señora que está en la mesa próxima a la mía con un tono que expresa sin lugar a dudas que comparte mi molestia. Observo que la acompaña un niño, sentado frente a ella, que nos escucha.

“¡Pues yo mantengo la esperanza de que eso ocurra algún día!”, le digo con convicción, más que por convencerla, para dejarle ese mensaje al niño.

Ese intercambio dio lugar a que entabláramos conversación. Por eso me enteré que estaban haciendo tiempo mientras abrían la oficina donde le sacarían la cédula al niño, su hijo mayor, de nueve años. La señora no tardó en hablar de la grave situación de incertidumbre política del momento, de la inseguridad y la carestía de la vida. Continuó con voz quebrada por la angustia sobre la pérdida de clases en los colegios, el nuevo pénsum que impuso el gobierno en el que la historia patria que le están enseñando a sus hijos es muy distinta a la que aprendimos nosotras, el acoso escolar entre los mismos alumnos y pare de contar... todo ello sin filtro, delante del niño, que la miraba encogido en la silla con ojos de susto.

La llegada de mi acompañante trayendo el desayuno puso fin a la conversación que había tomado ese giro tan intenso. Pero al rato, la proximidad entre las mesas no impidió que escuchara cuando la madre le dice a su hijo: “Ojalá que nunca tengamos que decir que somos venezolanos”.

Me levanté de la mesa y me fui de ahí antes de decirle lo que pensaba de ella, con el asombro y la indignación atragantada por la barbaridad que oí y compadeciendo al niño por la mamá enajenada que tiene.

Las madres que no controlan su angustia y no cuidan lo que dicen frente a los hijos les ocasionan un daño terrible. Los niños necesitan que los contengan, ellos no tienen los recursos para lidiar con la emocionalidad desbordada ni la inmadurez de los adultos; tampoco pueden resolver las situaciones de conflicto que ocurren en su entorno. No las entienden, pero las padecen. Convertir a un infante en el vertedero de las frustraciones propias de los adultos es un maltrato psicológico que se le hace al niño que necesita que lo cuide alguien que le resulte confiable.

Cada día vemos más niños estresados y desadaptados, con problemas de conducta y de escolaridad que exigen la orientación de profesionales especializados. Estos coinciden en afirmar que el origen de muchos de los problemas infantiles está en el hogar, cuando el proceder de las figuras parentales no se adecúa al ingente compromiso de traer hijos al mundo.