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Hormigas en el mercado

Las hormigas se acercan unas a otras por breves instantes

Las hormigas se acercan unas a otras por breves instantes

Su sociedad se caracteriza por la comunicación entre sus individuos y la capacidad para resolver problemas complejos

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Soy una obsesionada con la puntualidad y me precio de llegar a la hora acordada a mis citas. Por esa razón salí temprano de mi casa pese a que era una tranquila mañana dominical en la que cabía suponer que no encontraría ningún embotellamiento. Apenas crucé la esquina de mi casa recibí el mensaje de texto pidiéndome que acudiera una hora después de lo convenido.

Como ya estaba en la calle decidí pasar por el automercado a comprar el cartón de huevos que necesitaba. Total –pensé– ahora nos la pasamos en eso.

Pese a que era media mañana y supuse que la gente aún estaría en sus casas, me costó conseguir un lugar donde estacionar el carro en el pequeño centro comercial cercano a la urbanización donde era la cita.

Cuando pude hacerlo y mientras caminaba por los pasillos, observé que muchas de las tiendas permanecían cerradas y que el congestionamiento obedecía a que la mayoría de los que estábamos allí teníamos como destino el automercado.

Fue entonces cuando me vino la imagen a la cabeza. Formábamos una fila idéntica a la que hacen las hormigas. Unas yendo y otras viniendo. Las que íbamos libres de peso y las que regresaban cargando con las bolsas de los víveres. E igual a como lo hacen las hormigas, que se acercan unas a otras por breves instantes para luego seguir su camino, también los que íbamos aprovechábamos para hacerle las preguntas de rigor a quienes regresaban: ¿consiguió azúcar? ¿Encontró huevos? ¿Hay harina? ¿Y papel tualé? Luego cada quien seguía su destino.

Como suele pasar cuando entramos a un mercado que no conocemos, tuve que orientarme para ver dónde tenían lo que buscaba. Y pasando por uno de los pasillos reconocí el empaque de la harina de maíz integral que me gusta y que por meses había desaparecido. “¡Qué suerte!”, exclamé en voz alta y entusiasmada agarré sin darme cuenta un paquete roto que me bañó los pies de harina.

El papá, la mamá y la niña que estaban al lado y dudaban frente a unos paquetes de arroz se voltearon a verme mientras yo me sacudía el harinero de encima. Riéndome de mí les pregunté qué les pasaba con el arroz.

“Es que son saborizados y buscamos el normal”. “¿Y este otro?”, señalé uno distinto. En ese momento noté que los dos adultos me miraron con extrañeza, no con hostilidad, quizá con incomodidad, como si no esperaran que yo les hablara con esa camaradería. Fue solo un instante. “¡Ah! Acá dice que es con sabor a ajo”, y devolví el paquete a su lugar. Les sonreí, di media vuelta y me fui.

Mientras hacía la cola para pagar sentí tristeza. Es lamentable que nos hayan inculcado una barrera que incomoda hasta un mínimo intercambio espontáneo por demás inofensivo. Nosotros no éramos así. Yo no quiero ser así.

De nuevo pensé en las hormigas, esta vez con envidia. Su sociedad se caracteriza por la comunicación entre sus individuos y la capacidad para resolver problemas complejos. ¡Podrían servirnos de inspiración!