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Cómplices y rivales

La rivalidad entre hermanas ocurre con frecuencia

La rivalidad entre hermanas ocurre con frecuencia

La rivalidad entre hermanas ocurre con frecuencia e inclusive podemos considerar que forma parte natural del proceso de crecer y elaborarse una identidad propia

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En el mundo cinematográfico del Hollywood de los años 30 y 40, la pública y notoria rivalidad entre las reconocidas actrices Olivia de Havilland (Melanie en Lo que el viento se llevó, 1939) y Joan Fontaine (rol principal en Rebecca, 1940) alimentó tanto la chismografía de la época que muchos llegaron a especular que se trataba de un plan calculado por los poderosos de la industria como estrategia para aumentar la fama de ambas actrices y el éxito de taquilla.

Si ese fue el caso, lograron sacarle provecho al drama personal que protagonizaron en la vida real. Ambas actrices, quienes aún viven, son hermanas de padre y madre. La rivalidad entre ellas no surgió por celos profesionales, la arrastraban desde que eran niñas por la supuesta predilección de la madre por Olivia, la mayor.

Hoy en día Olivia y Joan son dos ancianas y, como cabe suponer, están cerca del final de sus vidas; ninguna ha dado señal de querer reconciliarse y continúan siendo enemigas acérrimas. Hay quienes sostienen con sarcasmo que lo único que las mantiene vivas es el propósito de darse el gusto de sobrevivir a la otra.

La rivalidad entre hermanas ocurre con frecuencia e inclusive podemos considerar que forma parte natural del proceso de crecer y elaborarse una identidad propia, en el que, a través de comparaciones y contrastes, cada una consigue destacarse y diferenciarse de la otra. Belleza, inteligencia, popularidad, honores académicos, atención del sexo opuesto y éxitos profesionales suelen ser algunos de los motivos más frecuentes con los que las hermanas se miden entre sí.

Por lo regular la rivalidad se origina en el hogar cuando siendo pequeñas las hermanas sienten la necesidad de competir entre sí para llamar la atención o probar el afecto de uno o ambos progenitores. Algunos de ellos, sin ser conscientes de lo que hacen, contribuyen a exacerbar la rivalidad entre sus hijas al mostrar preferencia por una de ellas en forma abierta o encubierta, predilección que evidencian en el trato diferente que les dan o por cómo juzgan las respectivas cualidades y defectos que cada hija exhibe, lo que da lugar a que aparezcan los celos, la envidia y la competencia entre ellas por el deseo de destacarse sobre la otra para ser reconocida.

Hay suficientes elementos que compensan los motivos de rivalidad y permiten que al crecer y madurar las hermanas construyan un vínculo sano, en el que las diferencias se convierten en apreciados complementos muy valiosos a la hora de buscar apoyo y consejos. La hermandad es una de las relaciones más cercanas e íntimas que podemos tener, en mucho porque compartimos una misma historia familiar, aunque cada quien se haga su propia versión de la misma.

Por compartir muchas experiencias similares llegamos a convertimos en cómplices, nos llamamos o nos juntamos para contarnos lo que nos pasa, desde lo más banal hasta lo más íntimo y complejo y por ser mujeres nos entendemos en el mismo lenguaje emocional que nos ayuda a sentir empatía y a contar la una con la otra a la hora de las chiquitas.

Ser hermana es un privilegio.