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Artistas a full color

Artistas han hallado en el brillo y la intensidad del color un medio para expresarse / Mauricio Villahermosa

Artistas han hallado en el brillo y la intensidad del color un medio para expresarse / Mauricio Villahermosa

En una Venezuela acostumbrada a los tonos neutros algunos artistas han hallado en el brillo y la intensidad del color un medio para expresarse. Conoce a Elizabeth Grandeppieno, María Gracia Monró y Dalia Ferreira: tres mujeres que, en sus respectivas trincheras artísticas, tienen al color impreso en su ADN

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María Gracia Monró
Intensidad y brillo en abstracción
Los silencios no la incomodan. Invariablemente su mirada se pierde unos segundos antes de responder. No lo hace por distracción ni desinterés. Es sesuda y reflexiona para darles valor a sus palabras. Los mismos silencios nutren su oficio.

Las obras de María Gracia Monró gritan color sin sutilezas. y, para muchos, estas surgen de repentinos arrebatos de inspiración. La realidad es otra a pesar de las apariencias. “Trabajo para que la gente crea que es una explosión; cada trazo está pensado”, dice Monró, quien se formó en el antiguo Instituto Universitario de Estudios Superiores de Artes Plásticas Armando Reverón.

Desde pequeña se sintió atraída por el color. “Siempre pedía creyones y vivía pensando en qué podía pintar. Llegué a dibujar sobre el papel tapiz de una pared de mi casa. Cuando mi mamá me descubrió, empecé a pintar la parte de debajo de las gabetas. Allí nunca iba a revisar”.

Venir de una familia muy tradicional acostumbrada, como casi todos en este país, a vivir entre colores tierra y bodegones le dificultó aceptar su pasión por el color. “Respeto a quienes les agrada, pero yo no me podía seguir negando. Ahora me enfoco en que mi arte guste, pero lo hago para expresarme no por complacer. Lo que estás haciendo vale cuando es importante para ti a pesar de lo que otros digan”.

Maternidad artística
En sus inicios, Monró confiesa haber tenido una relación “uterina” con sus creaciones que le impedía desprenderse de ellas.

“Los profesores me hicieron ver que con esa actitud nunca sería escuchada. Era como si gritara hacia adentro”. Hoy logra liberar sus obras, mas el sentimiento maternal persiste. “Cada pieza es independiente y confío en que encontrarán a alguien que sabrá valorarlas”.

Libre interpretación
Algunas reacciones a su obra han sorprendido a Monró. “Una señora lloró con uno de mis cuadros y me agradeció por devolverle las piedras del río de su infancia. Donde yo veía color y arte abstracto, ella veía el río de Mérida junto al cual creció”.

La artista aventura una explicación: sus colores y composiciones se relacionan con la infancia y generan sentimientos poderosos en la gente. “A quienes les gusta mi obra una vez les gusta siempre”.

Dalia Ferreira
En la Caracas Pantone
Luego de hablar con Dalia Ferreira se hace un poco más complicado transitar la caótica capital. Pareciera que la retina despierta y comienza a captar (muy a su pesar) el desastre cromático de la ciudad.

Azules, rojos, marrones, fucsias y un extraño verde perico se atraviesan en el campo visual en menos de media cuadra. Qué bueno que existen los lentes de sol.

La artista dice que, en los más de 10 años que Caracas lleva siendo la protagonista de sus obras, confirmó que la ciudad no está visualmente organizada. “Uno se puede conseguir una hamburguesa dibujada en un portón al lado de una iglesia. Habitamos un lugar multicolor y estallado por la luz”.
Eso es solo la superficie.

“Me he cuidado de no darle una estampa turística a la ciudad. Veo y muestro gente desesperada que salta de sus ventanas porque siento su angustia existencial”. Dalia dice empeñarse por lograr un arte honesto, por lo que sus cuadros exponen los bellos milagros y las emociones turbulentas de sus habitantes.

Las angustias de Caracas se comparan con la incertidumbre que vivió Ferreira al decidir migrar del mundo de las comunicaciones al arte. Llevaba 11 años gerenciando la emisora 92.9 FM y tenía experiencia en otros medios reconocidos como Venevisión y El Diario de Caracas. Describe la experiencia como un salto al vacío.

“El único arnés es la inspiración y la seguridad de que tengo algo que decir”. Afortunadamente, hoy en día habla fuerte y claro teniendo como máxima la frase de Picasso: cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando.

Nació en blanco y negro
Dalia fue arrastrada al mundo del arte por la fotografía y el arma de seducción de las cámaras fue el blanco y negro. “Empecé a tomar fotos en la era analógica por lo que quedé enamorada de la escala de grises”.

Sin embargo, su interés por los llamativos productos de consumo masivo y tal vez una acallada inquietud por el color la hicieron alejarse de sus orígenes. “Sentí que el público necesitaba colores, pues, considerando que vivimos en el trópico, estos nos hacen sentir una conexión emocional con nuestro entorno”.

SEÑAS:
• María Gracia Monró. Twitter: @artemonro. Artemonro.blogspot.com.
• Dalia Ferreira. Twitter: @daliaferreira. Daliaferreira.blogspot.com.
• Elizabeth Grandeppieno. Grandeppieno.blogspot.com.

Elizabeth Grandeppieno
Fauna en color
Es complicado imaginar a un escultor consagrado teniendo dificultades para moldear una arepa. Pero es posible. Elizabeth Grandeppieno puede hacer ranas, gatos, caballos y toros de arcilla y bronce, pero se declara casi incapaz de hacer una arepa redonda. “Ya me están quedando mejor”, dice esta artista que parece estar cómoda con sus paradojas.

El camino artístico de Elizabeth se definió por cosas del azar. Después de experimentar con la pintura y el diseño de modas en San Cristóbal y Valencia, se inscribió en Praesagium, una escuela de escultura de Caracas. “Allí aprendí a hacer figuras humanas y animales de la mano de Mildred Veitía. Ella es una de mis más queridas mentoras junto a Onofre Frías, Elías Toro y Ángelo Zurita”.

Apenas tuvo contacto con las figuras de animales, la escultora encontró su pasión. Sus favoritos son los caballos, pues según ella tienen una energía especial. Las primeras creaciones fueron monocromáticas: muchas del mismo color del soporte y otras negras, blancas o rojas. Los vivos colores que hoy hacen inconfundibles a sus obras al principio le causaban suspicacia.

“Comencé a colorear mis esculturas hace un año porque vi que tanto clientes como galerías comenzaron a exigir más color. No creí que fuera a funcionar, pero ahora reconozco la vida que el color le aportó a mi trabajo. Ahora pinto según me venga la musa sin importarme ni mi ropa, ni mis paredes”.

El siciliano
La entrada de la casa de Grandeppieno está custodiada por la escultura de un niño hecho en bronce. Sonríe y tiene las manos en los bolsillos de los pantalones que se sostienen por un par de tirantes. Una boina cubre su cabeza y a su espalda lleva un bolso con periódicos enrollados. “Es una representación de mi papá.

Él murió hace 18 años. Siempre que entro a casa lo saludo y lo recuerdo”. Pero no solo el siciliano, como ella lo llama, se lleva sus carantoñas. Les habla a todas sus esculturas y hasta les desea suerte en las galerías. “¡Ay, caballito! Eres bello. Véndete rápido”.