• Caracas (Venezuela)

Elsa Cardozo

Al instante

De regreso a la integración

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La resistencia a la entrega de la presidencia pro témpore del Mercosur a Nicolás Maduro es digna de atención. Las reservas son muy grandes y hasta el canciller de Uruguay, único defensor de la idea de mantener el traspaso, ha reconocido que en Venezuela hay una democracia autoritaria (que es como decir que se ejerce autoritariamente el poder ganado en elecciones). El debate mismo que precede a la decisión que se formalizará mañana señala un giro importante sobre el modo regional de lidiar con el gobierno de Venezuela como socio, en medio de la creciente preocupación por fortalecer iniciativas eficaces de integración.

Hoy, la más leve mirada a los acuerdos que se contaban como evidencia del dinamismo latinoamericano en materia de concertación e integración encuentra un panorama muy distinto al falsamente prometedor de hace unos años. Mientras unas se van desvaneciendo, en otras se asoman afanes de reimpulso.

Entre las que van decayendo se encuentran la Alianza Bolivariana, que nació con un acuerdo entre Caracas y La Habana en 2004; Petrocaribe, el programa iniciado en Puerto la Cruz en 2005; la Unión de Naciones Suramericanas, finalmente creada en 2008, y la tan volátil Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, lanzada como iniciativa en Caracas en 2011. Esos acuerdos tan diversos, cada uno con más miembros y ambiciones que el otro, nunca fueron propiamente de integración ni de cooperación institucionalizada y transparente. En cambio, pesó en todos ellos en diversa medida, pero siempre demasiado, un impulso político ofensivo y defensivo, muy poco constructivo de oportunidades. Allí se proyectaron el personalismo populista de unos, especialmente el de Chávez, y el sentido oportunista y la disposición de adecuación de otros. De ello es buena ilustración la Unasur, la más institucionalizada de esas iniciativas, en la que ha predominado el criterio  de los miembros más radicales, mientras que los demás han preferido dejar hacer antes que ejercer el debido peso y contrapeso.

Por su lado el Mercosur, ya sobre su cuarto de siglo, parece estar en vías de sacudirse del marasmo del ciclo de abundancia, el sobrepeso de Brasil, la desafiante retórica argentina y el maltrato a los dos fundadores más pequeños. Entre estos maltratos se encuentra el atropellado ingreso de Venezuela, que se impuso en 2012 aprovechando la suspensión temporal de Paraguay, cuyo Congreso se oponía a esa incorporación. Resulta, para sorpresa de nadie, que el nuevo socio no ha cumplido con compromisos económicos, democráticos y de derechos humanos que acompañan al acuerdo. Añádase que las conversaciones del Mercosur con la Unión Europea sobre un área de libre comercio birregional tomaron nuevo impulso en años recientes, sin que cuente para ello el gobierno venezolano.

No hay que perder de vista a la Alianza del Pacífico, con apenas cuatro años. A finales de junio en la Cumbre de Puerto Varas sus socios renovaron la voluntad política que ha permitido la liberalización de más de 90% de los  intercambios entre México, Colombia, Perú y Chile. En proceso de adhesión a esta asociación se encuentran Costa Rica y Panamá, pero además desde hace dos años está abierto el puente de conversaciones con el Mercosur, tres de cuyos miembros tienen la condición de observadores en esa Alianza en un conjunto de cerca de cincuenta países. También en esto, no sobra recordarlo, Venezuela está al margen.

En suma, poco va quedando de lo inventado, financiado y agotado en plan ofensivo, ideológico y de división del continente en ejes. Y donde ahora hay marginamiento empobrecedor, en adelante podría haber acceso a oportunidades para construir relaciones sanas, por institucionalizadas, transparentes y beneficiosas. Es cuestión de que se deje expresar, prontamente, la voluntad de cambio de los venezolanos.