• Caracas (Venezuela)

Elsa Cardozo

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La línea roja

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Los datos terriblemente elocuentes sobre el descalabro de la salud, la economía, la seguridad y, en suma, el empobrecimiento de nuestras opciones de vida, nos recuerdan que estamos viviendo en la estela de un legado ruinoso. No es solo que el gobierno que se fue haciendo dueño del país dilapidó y comprometió recursos mientras expresamente desheredaba a la vasta mayoría de los venezolanos. Es que, además, a todos nos dejó carencias y acreencias de cuya enorme magnitud apenas comenzamos a sentir las consecuencias.

Así lo veo representado en la viñeta de Rayma Suprani, que no por casualidad tanto molestó a los agentes de la hegemonía comunicacional. La línea roja y plana, que como sombra deja la firma del personalismo, se extiende, más allá de la salud, a todos los aspectos de la cada vez más incierta vida de los venezolanos. Es línea que silencia y oprime, separa y encierra.

Una minoría voraz y feroz defiende sus derechos sobre lo que va quedando de la pobre herencia: cuanto más precaria se vuelve, más se protegen las cuotas de poder y sus privilegios, por todos los medios. Crece la cantidad de temas a silenciar, no importa cómo se los enuncie: default o restructuración de deuda, epidemias o brotes de viejas y nuevas enfermedades, desabastecimiento o escasez de alimentos y medicinas, corrupción o falta de transparencia en el manejo de recursos públicos, criminalización de la disidencia o violación de derechos humanos. Aumentan las señales sobre la disposición a silenciar voces y a reprimir las protestas que inevitablemente ha traído la cruel factura que se nos pasa a los venezolanos por todos los platos rotos en tres lustros del festín de unos pocos.

También en lo de separar y encerrar está la línea roja. Para mantener el control del poder en una tormenta de complicaciones, no hay asunto que no haya sido útil al propósito de separar de responsabilidades al gobierno y endilgarlas a quienes sufren y denuncian los males que padecemos.

En la tarea de encerrarnos, los herederos del poder dilapidaron su base electoral, entre 2012 y 2013, y la de relativa credibilidad internacional, entre el año pasado y el que corre, tanto por los incumplimientos de compromisos económicos como por las inocultables acciones represivas a partir de febrero pasado. Por eso Venezuela ha sido cada vez más objeto de escrutinio y toma de distancia, aunque también de cuidadoso trato por gobiernos que tienen vínculos, acreencias, intereses y personas que proteger. Pero, en verdad, lo que sigue prevaleciendo es lo segundo, como en estos días se mostró en las palabras de Ernesto Samper al asumir la Secretaría de Unasur en Caracas, en la expulsión y entrega de los jóvenes Lorent Saleh y Gabriel Valles por el gobierno de Colombia, o en el acuerdo latinoamericano y caribeño para que Venezuela ocupe una silla no permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Más que lamentable, irresponsable.

Si hay algo que favorece al gobierno en serios aprietos de gobernabilidad, es la desarticulación de la oposición política. Desarticulación que alienta el pragmatismo de la comunidad internacional y que da la espalda a las angustias del país. Mientras tanto, felizmente, hay mucho que reconocer y agradecer a la claridad, constancia y coraje de quienes en los medios, como Rayma, nos han ayudado a mantener la atención sobre lo esencial. 

elsacardozo@gmail.com