• Caracas (Venezuela)

Elsa Cardozo

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Elsa Cardozo

La guayabera de Lula

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Quizá por el contraste entre el rojo vivo y la seriedad de su semblante entre las sonrisas del resto del grupo en La Habana, o por la difusión que él mismo dio a la foto y al significado de su atuendo. Lo cierto es que la imagen de Lula con la caribeña y rojísima guayabera me puso a pensar que, cuando se leen historias generales de América Latina, Brasil suele verse en una trama separada que, a veces, se cruza con las del resto. Entonces, entre choques y arreglos, también la diplomacia brasileña tiene su capítulo aparte. Y vuelvo a la foto para preguntarme cuán diferente han sido y son esa trayectoria y esa diplomacia.

No es el caso negar lo singular en la historia política de Brasil, que se inicia en el tránsito que fluye desde la conquista portuguesa, la mudanza de la corte a su territorio, su independencia como imperio y la tardía abolición de la esclavitud y proclamación como república. Pero hasta esto puede ser en parte matizado si se revisan los movimientos precursores de la independencia en el siglo XVII, la influencia de la Ilustración y la Revolución Americana, las insurrecciones y revoluciones del siglo XIX, así como el peso de los intereses e influencia de Inglaterra en el comercio, las finanzas y la política de Brasil. La insignia “Orden y Progreso” en la bandera republicana es huella del impacto del positivismo con el que también ese país entró en el siglo XX. En adelante, no sólo no escapará de las presiones de la Gran Guerra, la crisis de 1929, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, sino que vivirá los desafíos de la industrialización y la movilización social, las experiencias de populismo fascista y antiimperialista, la intervención de los militares, incluido un largo ciclo autoritario y represivo, así como escándalos de corrupción e iniciativas de enjuiciamiento presidencial.

Tampoco pretendo olvidar que, a diferencia de buena parte del vecindario, desde la década de los años noventa del siglo pasado Brasil logró combinar la superación de una sucesión de dificultades políticas y económicas con el fortalecimiento de sus instituciones democráticas. Sobre ese piso y para consolidarlo, la diplomacia de la potencia emergente se ha vuelto más ambiciosa, pero también más distante de su vecindario cercano.

Cuando en Latinoamérica y quizá hasta mundialmente se habla de diplomacia, la escuela del Barón de Río Branco, José da Silva Paranhos, canciller de 1900 a 1912, ha sido referencia ineludible de profesionalismo. También de sentido preciso de sus intereses, lo que ha teñido de acentuado pragmatismo la política exterior brasileña. Así, por ejemplo, entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, en el proceso de expansión de su territorio, evadió compartir posiciones regionales de rechazo a la injerencia. Para el Barón, Suramérica eran Brasil, Argentina y Chile, los países que hacían “buen uso de su independencia”; a los demás, los consideraba comprensiblemente expuestos a la amenaza del Corolario de Teodoro Roosevelt “contra los pueblos incompetentes” y les recomendaba tratar de escoger gobiernos honestos y previsores.

Un siglo más tarde esa diplomacia sigue mirando a distancia el Estado de Derecho ajeno, en lo que tampoco se diferencia mayormente del resto del vecindario.

Hoy veo la guayabera, como disfraz, con sus bolsillos. Pienso en Venezuela: en la invitación y celebración del desdén hacia el país, nuestra gente, dignidad y patrimonio. Desdén del que no escapa el gobierno informal.