• Caracas (Venezuela)

Elsa Cardozo

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Elsa Cardozo

La fórmula

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Era tesis, casi de sentido común, que cuantos más gobiernos democráticos hubiese en el mundo y más coincidencias y compromisos económicos, de seguridad, políticos y culturales se construyeran entre ellos, más difícil sería que se iniciaran o sostuvieran regímenes autoritarios.

Si en las décadas finales del siglo XX en América Latina eso parecía tener vigencia, salvo por ciertas gruesas excepciones que “confirmaban la regla” –la revolución sandinista, el neoautoritarismo de Fujimori y, por supuesto, el régimen cubano– ya sobre la segunda década del siglo XXI como que la regla es otra.

La lectura de un artículo del profesor de Harvard, Joseph Nye, titulado “La poderosa debilidad de Corea del Norte” (El País, 7 de agosto 2013) me ha puesto a pensar en lo propio, en el caso de Venezuela, que sobresale cada vez más visiblemente entre los países del vecindario cuyos gobiernos, en nombre de refundaciones democráticas, se han construido una suerte de fuero que los desliga del necesario control y escrutinio de su gestión, nacional e internacionalmente.

La receta de gobernabilidad, aderezada entre Caracas y La Habana, niega sin disimulo lo que debería caracterizar a un régimen democrático. En lugar de una lista de conceptos, valgámonos de una mínima muestra local de negaciones recientes: grosero ventajismo en el proceso electoral, hermetismo ante los reclamos y desconocimiento del ejercicio de la libre deliberación parlamentaria y del fuero de los diputados, hasta el extremo de la violencia física; descalificación e inhabilitación de líderes políticos de la oposición; criminalización de la protesta y del derecho a presentar demandas en los tribunales; crecientes presiones económicas, judiciales y políticas a los medios de comunicación desafectos al gobierno, a lo que se suma la instrumentalización política de una supuesta campaña contra la corrupción.

Hay muchas preguntas a hacer en voz alta a gobiernos vecinos, tales como: ¿por qué tales prácticas que sabemos serían inaceptables en sus países lo son en Venezuela?, ¿por qué siguen cultivado como socio confiable a un régimen que exhibe tan graves ineficiencias para cumplir con compromisos económicos fundamentales?, ¿por qué, siquiera, no aplican el principio de no intervención para no dar fuelle a una situación que, con toda seguridad, no querrían para sus nacionales?

Las respuestas, volviendo a la lectura de Nye, parecen estar en la expresión exterior de la fórmula de gobernabilidad que un régimen lleno de fracturas y carencias, sigue empeñado en hacer irreversible. Y como para Corea del Norte, donde “la poderosa debilidad” no tiene que ver con las condiciones de Kim Jong-un, por aquí la clave está en la disposición del gobierno para facilitar o complicar la vida de otros países: financiar o dejar de financiar, facilitar iniciativas –de paz, de acercamiento- u obstaculizarlas. De nuevo, valga citar algunas políticas muy propias de la fórmula: desentenderse de los compromisos supranacionales de derechos humanos y desvirtuar los de protección de la democracia y observación electoral; polarizar regionalmente (ahora frente a la Alianza del Pacífico); terminar de fragmentar la institucionalidad, como la del Mercosur con la sumatoria de la Alianza Bolivariana; seguir destinando, aun dentro de la precariedad económica presente, recursos para alimentar alianzas, trueques, votos y abstenciones.

Explicaciones académicas aparte, las preguntas siguen en pie.