• Caracas (Venezuela)

Elsa Cardozo

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Elsa Cardozo

Nuestra autonomía

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Agresiones a estudiantes y profesores, destrucción del patrimonio cultural, ahogo presupuestario, desconocimiento de la carrera docente, desprecio por los empleados y desvalorización de los egresados de las universidades que se han cultivado como tales, es decir, como instituciones autónomas. Son esos los trazos más gruesos de tres lustros de asedio gubernamental a la autonomía universitaria y, a fin de cuentas, al país todo.

Se aproxima un nuevo aniversario de los Estatutos Republicanos de 1827. Con ellos se formalizó el tránsito de la Real y Pontificia Universidad de Caracas, fundada en 1721, a la Universidad Central de Venezuela. Fechas pasadas y circunstancias presentes que invitan a revalorizar la institución universitaria y a mirar, al lado suyo, a Venezuela.

Aquel tránsito aceleró el paso del medioevo y el absolutismo hacia la modernidad y el republicanismo, procuró el movimiento de los años de guerra y destrucción hacia los de paz y edificación. No es poca cosa que en la concepción de las líneas iniciales de esa transición figuraran los nombres de Simón Bolívar, el militar ducho en batallas colocado ante el difícil reto de construir la paz, y José María Vargas, el académico recién llegado de Europa con novedosas ideas y proyectos.

Leo los Estatutos con ayuda de los estudios del historiador Ildemaro Leal. En ellos encuentro claves republicanas de significación en su momento y resonancia presente. Se acordaron entonces reformas modernizadoras de las facultades y las cátedras; la reducción de la influencia de la Iglesia y la independencia ante el Gobierno sobre las decisiones del claustro, comenzando por la elección de sus autoridades; la eliminación de barreras discriminatorias de admisión y graduación; la reducción de aranceles y un complemento esencial: la dotación de patrimonio económico. Eran esos los pilares de la moderna autonomía, condición para que la universidad cumpliera a plenitud su papel edificador.

Vinieron luego los atropellos gubernamentales alentados por el personalismo, la conflictividad política y la precariedad de recursos del país. Así se proyectó sobre el siglo XX, de modo que al lado de los avatares de la autonomía universitaria puede bosquejarse el perfil cambiante de Venezuela en los quebrantos mayores y menores de su salud republicana y democrática.

En pleno siglo XXI, la resistencia de la UCV ante el asedio incesante al que viene siendo sometida habla de las fortalezas de republicanismo democrático cultivadas en los buenos y malos tiempos. Y los de hoy son de los peores, porque en el irrespeto hacia la universidad se descubre un terco proyecto de negación de la diversidad e independencia de pensamiento; el rechazo a la crítica y la penalización de la disidencia; el desconocimiento de los méritos y los frutos del trabajo; el control a través de la asignación o reducción de recursos; el amedrentamiento por acción u omisión; la disolución institucional y la creación de estructuras paralelas dependientes, sumisas e ineficientes.

Lo que asedia a la UCV como primera universidad del país, Alma Máter que a tantos venezolanos nos abrió y mantiene abiertas sus puertas, amenaza a todas las universidades que, como tales, insisto, sostienen la genuina convicción de autonomía. Del mismo modo, no se puede ni imaginar la recuperación de Venezuela sin la garantía del derecho de cada venezolano de cultivarse y ser respetado como diverso, crítico, insumiso.