• Caracas (Venezuela)

Elsa Cardozo

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Elsa Cardozo

Sentido del tiempo

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En estos días fue difundida en la prensa una fotografía del reloj en la fachada de la sede del Congreso boliviano, con la numeración recién alterada para que las agujas den la hora girando a la izquierda. Según los gobernantes de ese país, se trata de un símbolo de la recuperación de la verdadera identidad. Al mirarlo pensé en la manera de contar el tiempo y la historia a conveniencia del poder que se procura trascendencia y control. Ante eso, que entre nosotros ha ido y venido, pero que desde hace quince años arremete como nunca con su borrón y cuento nuevo, nos seguirá ayudando la memoria país que fuimos siendo y haciendo. La que tanto contribuyó a construir el doctor Ramón J. Velásquez.

Es así en lo más inmediato, cuando siguen multiplicándose cartas, notas y declaraciones entre denunciantes y denunciados del oficialismo, responsables todos de nuestro terrible deslave, dispuestos a reescribirlo todo para lucir inmaculados. De modo que quienes se acusan y excusan, remueven selectivamente los escombros acumulados a lo largo de tres lustros; preferiblemente los más recientes, para no revolver lo que no conviene y, a la vez, inventarle trascendencia a lo que sí.
Fue así como se rebuscó para encontrar en el fusilamiento de Piar la legitimación de la exclusión, por traidores, de los críticos del propio bando, es decir, de los no dispuestos a la lealtad absoluta en tiempos de asedio al mermado convite.
Al trato con los opositores se aplica una versión contemporánea de la Guerra a Muerte: manifestantes y observadores, menores y mayores, defensores de derechos humanos, dirigentes y organizaciones políticas, diputados y alcaldes son objeto de descalificación, persecución, amedrentamiento, represión, prisión y muerte; a los dirigentes en cargos por elección se les destituye sin contemplaciones constitucionales.

En todo esto hay un hurgar en las sombras del pasado propio, mezcladas con la versión castrista de la historia cubana y con la de Latinoamérica, cual víctima, con las venas abiertas, aunque de ello haya renegado hasta el propio Eduardo Galeano.
 
Cuanto más nos acercamos al presente, más visibles se nos hacen las enormes grietas del relato oficial, zanjas cada vez más anchas y profundas a la vista de propios y extraños. De esto trata ampliamente otra carta reciente, la de Human Rights Watch a la Unasur, cuyos miembros parecen interpretar el presente con las agujas que se mueven atrás, al tiempo de los regímenes de fuerza, tolerados con tal de que mantuvieran una cierta estabilidad en el trato. A Venezuela, parecen decir entre silencios y medias tintas, lo que le toca es seguir siendo el país polarizado y dependiente en que la ha convertido el experimento que puso el reloj a andar al revés, a desandar lo andado para bien, a exacerbar lo malo y potenciarlo de maneras impensables hace tres lustros.

En ese desandar se encuentra el desprecio por lo que hemos sido, que se expresa en la nada inocente distinción temporal entre “la cuarta” y “la quinta” con la que, mientras se repudia todo lo anterior al gobierno de Chávez, se coloca en el terreno de lo indiscutible e inescrutable todo lo ocurrido después.

El doctor Velásquez deja una estela de escritura y, particularmente, de recuperación y organización de documentos con los que alimentar una mirada franca a ese país que fuimos siendo y haciendo, con sus avances y retrocesos, aciertos y errores. Conocernos mejor: no hay otra forma de recuperar el sentido del tiempo, de nuestro tiempo.