• Caracas (Venezuela)

Elsa Cardozo

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Elsa Cardozo

Entre Pekín y París

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Mientras revisaba las notas, informes y anuncios sobre la cita de países latinoamericanos y del Caribe en China, el ataque a la sede del semanario francés Charlie Hebdo cambió el ánimo de mi lectura y la primera plana de los medios.

Quedaron en segundo plano las palabras del presidente Nicolás Maduro según las cuales habría cerrado acuerdos sobre inversiones por más de 20 millardos de dólares. Lo que, con todo, siguió mereciendo atención y justificadas reservas dada su magnitud, sus imprecisiones e informalidad, en medio de la inocultable precariedad de la situación económica venezolana.

Mientras se añadían a las primeras páginas las generalizadas declaraciones de enérgica condena de dirigentes mundiales al acto terrorista, recordé lo difícil, por no decir imposible, que ha sido alcanzar acuerdos efectivos de cooperación defensiva y preventiva frente a la amenaza del radicalismo islámico.

Así, entre unas y otras noticias se dejan ver grandes ambigüedades y problemas que se acrecientan en estos tiempos: desde la llamada cooperación pragmática con la que se extiende el poder de China, hasta esa guerra de vieja y nueva estirpe, transnacionalizada, que los llamados yihadistas han declarado al mundo.

La necesidad de materias primas, de exportar sus manufacturas y la disponibilidad de una enorme alcancía, hacen que China, pese a su desaceleración o precisamente por ella, no haya abandonado sus proyectos en América Latina, especialmente grandes, estratégicos y visibles en energía e infraestructura. También mantiene su diplomacia monetaria, dispuesta a ofrecer recursos –como a Venezuela, Argentina y Ecuador– pagaderos, por supuesto, con una combinación de yenes para compras en su mercado y envíos de petróleo, pero también generadores de apoyo a sus posiciones internacionales. Entre los países latinoamericanos que han recurrido a esa alcancía en los últimos tiempos el que tiene una deuda más grande, disfrazada de financiamiento, es Venezuela: siendo también el socio más vulnerable y el destino de mayor riesgo, ofrece el mejor observatorio para evaluar el alto precio económico y político de buscar refugio en China.

Posiciones caracterizadas por un pragmatismo extremo a la hora de proyectar sus intereses y cada vez más complejos cálculos geopolíticos y económicos son las propias del gigante de Asia. No entran en su fórmula, para beneplácito de unos cuantos gobiernos latinoamericanos, comenzando por el de aquí, razones de derechos humanos ni ninguna que penetre la rígida muralla del principio de no intervención.

De vuelta a París y a la sangrienta confirmación más reciente de la amenaza mundial de los yihadistas, es inevitable sentir tristeza, indignación y temores, pero también preocupación por una reinante y creciente ambigüedad, que por necesidad o convicción limita la reflexión en profundidad y el compromiso efectivo de los gobiernos incluso sobre un asunto de tan reconocida gravedad y profundas implicaciones, para Occidente y Oriente, en los nudos de la seguridad y los derechos humanos, los intereses y los principios.

Es tiempo de exigir, dentro y fuera de los países, concertación y rendición de cuentas a los gobiernos, no solo en temas económicos. Es momento de no rendirse al pragmatismo –distinto a la sana prudencia– y de multiplicar desde la sociedad los mensajes de rechazo a la barbarie y de respeto a la diversidad.