• Caracas (Venezuela)

Elsa Cardozo

Al instante

Destrucción patrimonial

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Desde hace tres lustros los venezolanos no contamos con fuentes confiables de información acerca de cuántos y cuáles son los compromisos internacionales que ha hecho y desecho un gobierno que, desde muy temprano, dejó de lado la rendición de cuentas.

El nunca suficientemente recordado Convenio Integral con Cuba marcó la pauta, seguido por incontables otros documentos que sin transparencia alguna lo fueron ajustando. Su firma, el 30 de octubre de 2000, dio inicio a la práctica de saltarse el control legislativo, desestimar reclamos ciudadanos y demandas judiciales, ocultar información y comprometer no solo recursos materiales sino los más preciados de la soberanía, en todas sus acepciones.

Este año han estallado las ineficiencias y despropósitos de un modo de gobernar que dilapidó recursos extraordinarios maquillando cuentas, silenciando críticas, reprimiendo y penalizando las protestas. Sin asomo de actitudes ni medidas que propicien la recuperación económica e institucional del país, insiste en más de lo mismo: seguir raspando la olla y descalificando cualquier correctivo que signifique la más mínima cesión de control político o reconocimiento de sus responsabilidades ante los venezolanos. Conforme a todo esto se siguen manejando fondos paralelos tan voluminosos como los que ha alimentado la deuda con China, que superaron a mitad de este año el nivel de las reservas.

Si con los chinos el esquema que compromete petróleo a futuro, entre otros negocios, siempre ha sido muy opaco, con Rusia lo de las líneas de crédito logradas e inversiones planeadas no ha sido menos oscuro e institucionalmente destructivo, como antes con Irán. Hoy sigue prevaleciendo la fantasía de que la deuda no es deuda, sin que sepamos cuánto de nuestro presente y futuro está hipotecado o, más bien, con el fundado temor por las garantías que sospechamos se han estado entregando.

No es menos grave, tanto económica como institucionalmente, el crecimiento y la magnitud del endeudamiento de la desplumada Pdvsa con el Banco Central. Mientras, de la costosa cooperación energética lo que va quedando es un trueque devaluado que, aparte de las corruptelas que propicia, consolida el daño a la economía venezolana.

Lo cierto es que todo esto tiene un terrible trasfondo en el que aquel acuerdo de octubre de 2000 es pieza inicial y fundamental del rompecabezas: la destrucción patrimonial de Venezuela. Lo que comenzó con el abandono de los principios y disposiciones constitucionales, incluidos los procedimientos de contrapeso legislativos, judiciales y de contraloría, abrió el cauce a la corriente que se llevó por delante la capacidad productiva y de empleo, el sentido genuino de la participación política y la descentralización, el control civil sobre los militares, la necesidad de hacernos menos dependientes del petróleo y el logro de una sana diversificación de vínculos comerciales y financieros internacionales.

Si la dilapidación del patrimonio material e institucional de Venezuela es pesado lastre del régimen que la ha alentado, su recuperación es desafío esencial y urgente a encarar por la mayoría maltratada e inconforme de los venezolanos. Hacer cuentas y encarar el triste balance es necesario, pero apenas es el primer paso para rescatar la autonomía, respetabilidad y confianza que perdimos ante otros y, especial y primeramente, entre nosotros.

elsacardozo@gmail.com