• Caracas (Venezuela)

Elsa Cardozo

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Carta a Luis Almagro

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Señor Almagro, se estrena usted como Secretario General de la Organización de Estados Americanos, un cargo para el que en los últimos tiempos ha habido escasez de candidatos. Su predecesor no tuvo contendientes para el segundo término, como tampoco los tuvo usted en su reciente elección. Negociación diplomática exitosa, se dirá, pero es el caso que la OEA misma padece de escasez de entusiasmo entre sus miembros. En eso ha sido muy dañosa la tentadora estrategia de moverse con la corriente que tanto cultivó el señor José Miguel Insulza en sus dos períodos, quien ahora responsabiliza a los gobiernos pero, en verdad, tuvo oportunidad de correr más riesgos y jugar más al proponente activo, aun dentro de las limitaciones estatutarias de su cargo y de circunstancias geopolíticas adversas.

 

Bien sabe usted que en esos años se establecieron otros acuerdos de diverso alcance regional, desde la Alianza Bolivariana, pasando por la Unión de Naciones Suramericanas, hasta la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. El caso es que, en su variedad, todos se han distanciado del patrimonio institucional que a lo largo de muchas décadas se fue construyendo en el seno de la OEA en medio de tensiones, negociaciones y consensos. Valga recordar que tomó más de cincuenta años transitar del enunciado del ejercicio efectivo de la democracia representativa en la Carta de 1948 al de su especificación, protección y defensa en la Carta Democrática Interamericana de 2001; transcurrieron tres décadas entre el acuerdo para crear una Corte Interamericana de Derechos Humanos, en 1948, y su instalación a finales de la década de 1970 y, en materia electoral, experiencias y mejoras  en el sistema de observación de la OEA iniciado en1962, hace más de medio siglo, han permitido sistematizar el seguimiento integral de los procesos electorales.

 

Esto de recordar cosas ya sabidas es oportuno porque en su discurso de toma de posesión, en el que anunció que el lema de su gestión será  “Más derechos para más gente”, ha colocado usted sobre el tapete varios de esos asuntos, cruciales para la gente de nuestro lado del mundo.

 

Ha dicho usted que la OEA no debe transar ni callar ante violaciones de derechos humanos y que debe tener la fuerza de cada uno de los ciudadanos para expresarse; que la gobernabilidad democrática supone elecciones y también transparencia, construcción de consensos y rendición de cuentas a la ciudadanía; que la probidad, la ética y el decoro republicano no son bandera política, sino valores esenciales para la vida democrática.

 

Así sea, pero en todo eso y en la propuesta suya de acercar la OEA a la gente, que quizá sería un mejor lema, más prometedor y comprometedor, hay algo que hace mucho ruido. Usted ha dicho que en el funcionamiento de la OEA hay tres partes vitales para que sus acciones cuenten con el apoyo de todos: su personal, la Secretaría y “sus dueños, o sea, los gobiernos”. Y allí, lo que tranquiliza a algunos gobiernos es lo que aleja a la OEA de los ciudadanos que padecen a gobernantes que no han querido o sabido “hacer las cosas bien para el bienestar general”, para utilizar las palabras de usted cuando describe al gobernante democrático. Es el caso de Venezuela, desde donde le escribo, país que reclama una OEA que se acerque a los venezolanos, que les haga sentir que cuentan con  sus sistemas de protección de los derechos humanos, defensa de la democracia y observación electoral. Así que más que desearle suerte, le pedimos sincero empeño.