• Caracas (Venezuela)

Elsa Cardozo

Al instante

Brasil, Bolivia y Uruguay

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Las tres últimas elecciones presidenciales y legislativas de este año en Latinoamérica van dando importantes pistas sobre la diversidad de las evoluciones en países que fueron cubiertos por la llamada “marea roja” de los inicios del siglo XXI. En el grupo se anotaron, en orden de llegada, los gobiernos de Hugo Chávez, Lula da Silva, Néstor Kirchner, Tabaré Vásquez, Evo Morales, Michelle Bachelet, Daniel Ortega, Rafael Correa y Fernando Lugo.

Ahora, y desde hace un buen rato, Brasil, Bolivia y Uruguay ofrecen un interesante muestrario de diferenciaciones en las que va quedando un cada vez menor denominador común, especialmente en cuanto a las similitudes que inicialmente pretendía la vitrina venezolana, hoy tan venida a menos.

La candidatura de Evo Morales ha sido posible por presiones y decisiones inconstitucionales para permitir su tercera elección, en medio de una campaña caracterizada por el uso y abuso del poder. Esto explica, en parte, que a la oposición le haya resultado muy difícil fortalecerse. Súmese, sin olvidar las recurrentes protestas sociales, lo que pesa la economía en el apoyo electoral que le asegura a Morales un holgado triunfo. A la asistencia venezolana se sumó el alza en los precios de las materias primas, con lo que el gobierno se ha provisto de un buen nivel de reservas. En el camino, la obsesión por el control estatista ha cedido espacio a políticas que favorecen el crecimiento económico, las exportaciones, la recuperación de confianza y el interés de los inversionistas.

En Uruguay, que está recibiendo los visibles beneficios de políticas económicas orientadas a fortalecer su capacidad productiva y exportadora, no está asegurado un tercer mandato del Frente Amplio, esta vez con el regreso del expresidente Vázquez. Allí el oficialismo, en juego limpio, ha perdido terreno ante el mensaje de Luis Lacalle Pou, joven candidato opositor por el Partido Nacional que promete renovación a partir de los logros alcanzados. Al lado de la cosecha económica, el potencial político e institucional de la alternancia y del contrapeso de un Poder Legislativo plural evidencian las fortalezas de Uruguay.

Para Dilma Rousseff, y para la continuidad del Partido de los Trabajadores en el poder, la campaña electoral no ha sido lo fácil que se perfilaba inicialmente. Lula ha debido participar muy activamente pero no parece que su sucesora pueda escapar de una segunda vuelta. Marina Silva no fue la principal ni única complicación. La clave parece estar en el crecimiento de una clase media con crecientes expectativas y más atenta a las acciones y omisiones del gobierno en circunstancias económicas que exigen nuevo pulso. De modo que Rousseff deberá recoger el mensaje que ya se asomó en las calles brasileñas a mediados de este año: más oportunidades, menos corrupción y mejor representación.

Ya no hay “marea roja”, si es que alguna vez la hubo. Lo que se ve en el recorrido reciente es que hay gobiernos más y menos dispuestos a respetar el democrático principio de la alternancia, más y menos sinceros en lo de garantizar todos los derechos humanos, y más y menos eficientes en el manejo de la economía.

Venezuela es el peor de los casos, en todos los registros, con el agravante de que la marea política que sí ha cubierto todo nuestro vecindario es la de un descarnado y descarado laissez faire, laissez passer, por decir lo menos.

elsacardozo@gmail.com