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Elio Gómez Grillo

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Elio Gómez Grillo

La anomia en criminología

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Con el sociocriminólogo estadounidense Robert Merton se recrea en la criminología el concepto, no tan nuevo, de la anomia, la anomia de Durkeim que es, rotundamente, la ausencia de normas. De Grazia la llevó aún más allá al considerarla como “el estado desintegrado de una sociedad carente de un conjunto de valores comunes o preceptos morales que gobiernen de modo eficiente la conducta”. Si Durkeim limita al suicidio las consecuencias de la anomie, Merton las extiende hasta el delito. “Se trata –dice– de una dicotomía arbitraria entre los fines culturales y los medios institucionales para lograr esos fines”.

El delito, que ahora empieza a llamarse “conducta desviada”, reemplazando la vieja peligrosidad, la tan noble “pericolositá” italiana, surgiría debido a “la incapacidad de alcanzar la meta de la sociedad por medios legítimos”. La teoría sostiene que aquellos que están sujetos a presiones en sus esfuerzos por alcanzar las metas, mostrarán una conducta desviada con mayor posibilidad que otros.

Se añade que el desnivel entre lo que se quiere obtener y lo que se puede obtener legítimamente, conduce a determinados sujetos a la desviación mediante un proceso que Merton llama de innovación. Se aceptan las metas, pero se rechazan los medios legítimos constitucionalizados y la conducta se desvía hacia el delito.

En la terminología mertoniana otros se conforman, se retraen, se rebelan o ritualizan. El que innova lo que hace es inventar una manera nueva para lograr el éxito y esa manera nueva es el delito. Según Merton, en síntesis, “la conducta desviada es el resultado de anomia, o sea, del choque entre los medios institucionales y los objetivos culturales en el acceso, por medios legítimos, a las metas de éxito de una sociedad”.

Esto no convence del todo a Albert Cohen. “La teoría de Merton –dice él– ofrece una explicación satisfactoria de la delincuencia adulta, pero no es capaz de darla de la delincuencia juvenil”.