• Caracas (Venezuela)

Elías Pino Iturrieta

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La invitación a Ramo Verde

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El vicepresidente ejecutivo, profesor Jorge Arreaza, ofreció hace poco unas declaraciones que claman por un comentario. Tal vez conducido por la desmemoria de lo que aprendió en Cambridge, trono de sabiduría en el cual habitualmente se entrenan los alumnos en el manejo equilibrado de los vocablos, hizo una insólita invitación. Las celdas de Ramo Verde esperan a los venezolanos que “vulneren la paz”, dijo sin siquiera parpadear. No parece convite de un muchacho de británico cuño, sino amenaza propia de los chácharos que uno sentía desaparecidos de la faz de Venezuela. No solo estamos frente a una afirmación personal, sino también ante un rasgo general de la “revolución” sobre los cuales conviene detenerse.

Veamos, primero, el asunto de la vulneración de la paz. El declarante no ofrece detalles sobre lo que significa. Nos deja en un peligroso limbo debido a que, según el entendimiento de un académico inglés, puede relacionarse, verbo y gracia, con el vuelo de una mosca que incomoda el silencio de las bibliotecas. Hay que buscar de inmediato el insecticida, con el objeto de evitar la molestia de unos eruditos que estudian para provecho de la humanidad. Pero, ¿si la traducción del limbo no depende del modoso Arreaza, sino de un funcionario como Tareck el Aissami, por ejemplo? Aquí el limbo se complica, se vuelve purgatorio o infierno. Hace poco, el gobernador de Aragua rodeó de policías y de guardias nacionales la estatua maracayera de Bolívar para impedir a los copeyanos, quienes estaban festejando el cumpleaños de su partido, que pusieran una ofrenda floral ante la estatua del héroe. Colocar flores a los pies del Padre de la Patria puede vulnerar la paz, si nos atenemos al proceder del mandatario regional, y puede conducir a las celdas de Ramo Verde.

Ramo Verde es una cárcel emblemática de nuestros días, como fue La Rotunda durante el gomecismo. La “revolución” le ha concedido celebridad porque la ha convertido en aposento de sus adversarios más famosos, pero también porque su alcaide ha cometido escandalosas felonías con algunos de los cautivos. En una ocasión permitió que los guardias arrojaran bolsas de mierda y orines a un grupo de ellos, como es de público conocimiento. El vicepresidente ejecutivo no buscó una prefectura corriente, ni un retén desconocido, para señalar el destino de los enemigos de una paz sobre cuya vulneración se tendría cabal información si hubiera hablado con un látigo en la mano. Tal vez pensara que la sola mención de Ramo Verde fuese suficiente para suplir las carencias de su media lengua, o que un chácharo de Maracay abundaría después en el tema sin necesidad de hacer un discurso. Cambridge no hace milagros en todos sus estudiantes, pero algo se aprende en sus pupitres.

Hace poco, el venerable José Vicente Rangel dijo que hacía yo insostenibles analogías con el gomecismo. La “revolución” bolivariana y la tiranía gomera son incomparables, afirmó. Tiene toda la razón. Don Juan Vicente premió a los maridos de sus hijas sin provocar escándalo. Los ponía a engordar en los rincones, sin que el público se enterara del premio que concedía a los caballeros que se habían ocupado del blanqueo de la prole femenina. Ninguno de sus yernos llegó a vicepresidente, ni se dio a la tarea, a cuenta de guapo y apoyado, de asomar amenazas indignas de una sociedad republicana. También le sobra razón al venerable José Vicente Rangel cuando distingue entre los procedimientos de las cárceles de esa época tenebrosa y los de la actualidad. No es lo mismo el tortol que un baño de mierda. Por el olor, entre otras cosas. Tropelías parecidas o peores se sufrieron después, en los tiempos de la democracia representativa que él denunció en su impetuosa época estelar ya lejana, cuando luchaba contra los poderosos en lugar de ponerse a justificarlos. Sin embargo, comprenderá el venerable que la imaginación vuele sin freno cuando, ante sugerencias como la del profesor Arreaza, o frente a conductas como la del gobernador de Aragua, se ponga uno a pensar en las palabras sin maquillaje que pronunciaron los acólitos de los mandones viejos, en Eustoquio Gómez y en otras encarnaciones de la oscurana. Durante el gomecismo no se necesitaban hojas de parra.