• Caracas (Venezuela)

Elías Pino Iturrieta

Al instante

El insultador de turno

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La sociedad ha sido insultada a través del tiempo porque se ha dejado insultar. Aquellos que presumen de “bravo pueblo” deben mirarse en el espejo de las injurias soportadas en silencio. Los que se empeñan en encontrar gestos de dignidad colectiva en las horas de oprobio, que han sido muchas, no encontrarán prendas para alardear. Cuando la ciudadanía escucha, sin reaccionar públicamente, las insolencias que Nicolás Maduro arroja en la cara de uno de los  líderes que ha escogido para que la represente, prosigue una penosa historia.

Quizá una de las afrentas más sonoras en este sentido brotó de la boca de Boves. Salía de la Catedral de Caracas y el pueblo lo aclamó, para que el capellán lo felicitara por su popularidad. No me felicite, padre, respondió el caudillo, quien se apresuró a explicar la respuesta con un hecho concreto. Hizo callar a la multitud y lanzó un grito: “¡Vivan los ladrones que siguen a Boves!”. La consigna fue respaldada por un entusiasmo clamoroso, para que el aclamado terminara su diálogo con la siguiente sentencia: “Este pueblo grita lo que le griten”, y partió al galope mientras continuaban los vítores. En breve la conversación fue conocida y celebrada por la gente. ¿Cabe mayor desprecio de la colectividad, pero, a la vez, mayor regocijo frente al balde de porquerías con el que te bañan?

Un segundo caso muy elocuente no tuvo como protagonista a un caudillo iletrado, sino al mandatario de blanca tez y finos modales que se empeñó en conducirnos por el carril de la “civilización”. Enfurecido por las críticas sobre un convenio de negocios que pretendía suscribir con un aventurero francés, Guzmán Blanco dijo a su padre que los reproches no le importaban de ninguna manera, y que publicara en los periódicos la contestación terminante que dictaba. Esto fue lo que dictó: “Me tiene sin cuidado lo que digan sobre el protocolo, como si lo dijera un indio del Caroní. Sobre mí no influye persona nacida”. La afirmación fue recibida por los líderes políticos y por los lectores en general sin que nadie se ofendiera por la estatura del menosprecio. Poco antes había dicho que Barquisimeto era “un pueblo de pulperos enfranelados”, para que nadie se diera por aludido.

Volvamos al terreno de los hombres de presa para registrar un episodio recurrente de Cipriano Castro. Después de su triunfo militar y de la represión que siguió, ordenó la publicación de comentarios lamentables sobre los prisioneros a quienes había liberado luego de duro cautiverio. Fragmentos como los siguientes: el general fulano de tal salió con buen semblante del castillo, le hicieron bien los grillos; vimos salir “gordo y tronchón” de La Rotunda a un amigo oficial que ya entró por el aro. Y así sucesivamente, durante meses. Nadie dijo nada frente a la banalización del hecho de estar alguien encerrado en las jaulas oscuras de la época.

Pero salgamos de la barbarie para regresar al pináculo de la ilustración. Tampoco se inmutó nadie en los días posteriores al Caracazo, ante el protagonismo de unos caballeros distinguidos por los diplomas y los blasones que asumieron la encomienda de regenerar a la sociedad sin que nadie se los hubiera pedido, y sin el derecho para una pretensión semejante. Los llamados “notables” decidieron pontificar sobre lo profano y lo divino para sacarnos del extravío, debido a que no estábamos en capacidad de asumir nuestro destino. Se exhibieron como los únicos aptos frente a la sociedad inepta, sin que los destinatarios de la subestimación calcularan el baldón que significaba su arrinconamiento. Al contrario, se sintieron a gusto, si se juzga por su postura de cómodos espectadores.

Nicolás Maduro es un ignorante de siete suelas. Es bien probable que desconozca los episodios descritos, pero en el fondo de su naturaleza siente que tiene unos antecesores que, sin pagar por ello, cada uno en su hora y a su manera, hicieron lo mismo. De allí sus comentarios viles sobre Leopoldo López, cuyo calabozo en Ramo Verde no bastó para evitar uno de los agravios más voluminosos en una crónica de agravios consentidos. Ahora falta saber si el “bravo pueblo” se siente concernido por estas historias.