• Caracas (Venezuela)

Elías Pino Iturrieta

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Elías Pino Iturrieta

El fin de las explicaciones

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La "revolución" sufre un agotamiento de explicaciones.

Va para tres lustros sin dar en el clavo en el terreno de los argumentos capaces de convencer a la ciudadanía.

Nada de lo que dice convence a los destinatarios, en especial porque en la mayoría de los casos trata de ofrecer una disculpa sobre unos errores que son cada vez más frecuentes y más evidentes; de escurrir el bulto de sus omisiones, demasiado voluminoso, para que no tenga joroba de tanto cargarlo, o para tratar de que la oposición se convierta en camello de tanto llevar en el centro de su lomo un peso que no le corresponde. Trataremos de analizar aquí el punto, esperando que no nos vaya tan mal como al gobierno con su rosario de infructuosas disculpas.

El problema encuentra origen en el pésimo desempeño administrativo de quienes se desviven en comentarios estrambóticos para tratar de salir ilesos ante el desafío de su incapacidad. Pero, ¿de dónde viene tanta chapucería? De los chapuceros que ha puesto la "revolución" al frente de los altos destinos de la administración, desde luego. Sólo que puede resultar exagerado asegurar que se han empeñado en escoger a los peores porque consideran que así les va mejor, porque piensan que entre mediocres se cobran y se dan el vuelto sin incomodidad. Debe existir un análisis convincente del desastre que durante tres lustros merece el podio completo en la premiación de la mediocridad. Todo tiene origen en la manía de la refundación de la sociedad, en el anuncio de un período dorado en el cual todo será mejor hasta llegar al pináculo de la felicidad.

Porque no todos son capaces de llevarnos a ese estadio superior.

Es tarea exclusiva de quienes comparten la idea de que la sociedad marchará sin encrucijadas hacia un futuro radiante. Es oficio excluyente de quienes creen en la palabra del comandante supremo que ha jurado que Venezuela será una potencia mundial en un santiamén. Es encomienda monopólica de quienes aseguran que hemos transitado un camino equivocado que se enderezará gracias al esfuerzo de una nueva generación de hombres crédulos.

Pero, si no todos, la mayoría de estos arquitectos de la posteridad no ha pasado de las páginas de los manuales de rudimentos, o de los esquemas de primer semestre escritos para hacernos mejores y distintos. Hasta bien entrada su edad no sabían de las vicisitudes de las oficinas públicas, o apenas se habían enterado de sus medianías. Un trabajo, lo que se llama un trabajo, no figuraba en el panorama de las expectativas que hasta entonces manejaban los burgueses egoístas, algunos de los cuales habían tenido el desparpajo de estudiar en universidades del imperio. Sin conocer el camino de la teoría trasnochada a la praxis esforzada, hoy son los responsables de las funciones que el patriotismo encarga.

Tal entendimiento del rol exclusivo de los "revolucionarios" en la fragua de la sociedad, también les ha dado material para las excusas. Así como hay gente parecida a los santos en lo alto de los despachos públicos, hay también, según la manida explicación, una legión de antipatriotas que ha sido alejada de posiciones de poder y hace lo que puede por regresar a su disfrute. En consecuencia, ellos son los responsables de los desastres. Se levantan pensando en sabotajes, y se acuestan después de llevar a cabo su tenebroso trabajo. Están en todas partes a la espera de la ocasión para instalar una mina, para encender un fósforo, para cerrar los portones de las fábricas, para colocar cargas de dinamita, para llegar a inconfesables tratos con la derecha internacional o, en el mejor de los casos, para propinar una zancadilla a la "revolución".

Pero no los han descubierto. Por lo tanto, han convertido a Venezuela en la comarca de un triunfante complot. Dueña convencida de un discurso contundente, la "revolución" ha permitido que hagan paseos triunfales sin que sean condenados por sus atrocidades. Ni siquiera los han identificado con pelos y señales.

Si existen unos canallas como los que pregona el régimen, han creado el sabotaje más contundente de las explicaciones que escuchamos sobre los desastres que son el pan de cada día.