• Caracas (Venezuela)

Elías Pino Iturrieta

Al instante

Minutos de república

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El presidente llega ajetreado al Congreso a ofrecer su primer mensaje anual. Han reforzado la guardia en el Capitolio porque dicen que hay unos locos en la calle, deseosos de tirar piedras. La policía también ha doblado la vigilancia en las cercanías de la universidad porque se teme una manifestación airada de los bachilleres. Todavía no tiene el discurso en la mano porque el secretario se ha demorado en copiarlo, debido a las prisas de la víspera. Por fin llega el cagatintas con sus folios y el primer magistrado parece calmado, aunque no deja de mirar con suspicacia a los acompañantes y pide el auxilio de una copa de coñac. Todo está en orden, jefe, todo saldrá bien después de que lo escuchen los diputados, dice un solícito ministro que ha preparado un fiesta vespertina para celebrar el éxito de la jornada. Otro de los miembros del gabinete, caracterizado por las ideas que jamás faltan en su copiosa cabeza, lo anima con una noticia: ya se repartieron las estampitas.

En la casona presidencial reina febril actividad durante el día anterior, no en balde se respira una atmósfera extraña que obliga a una reflexión del gabinete y de los oficiales más cercanos. Sin embargo, llegan a conclusiones satisfactorias: el partido de gobierno no tiene rival en toda la república, la mayoría del Congreso está garantizada para la aprobación del informe presidencial, los alzados de la víspera están en la cárcel, especialmente el más aguerrido; la oposición guarda silencio porque no tiene ninguna oferta importante de ideas, la gente se ha olvidado poco a poco del fraude electoral que abrió paso a la administración reinante y la prensa ha atendido las instrucciones de ocultar las noticias incómodas hasta nueva orden. Pero nunca faltan los aguafiestas, es decir, aquellos que ven los problemas inadvertidos por la concurrencia. Uno de los circunstantes se preocupa por el contacto renuente de los presidentes de los estados, quienes se toman su tiempo para informar sobre las regiones a su cargo y no pocas veces responden con evasivas, como si no hubiera de veras autoridad en Caracas. Antes de terminar sus palabras, llama la atención sobre el sospechoso papel que viene jugando el líder de las comarcas de Miranda y sobre noticias de probables movimientos violentos en el occidente del país. Movido por el comentario, otro de los presentes acude a una ayuda que le parece providencial.

Debido a que están creciendo los reproches por el aumento de la deuda pública, por comentarios insensatos sobre corrupción y porque en las pulperías escasean los víveres, con el debido respeto sugiere, frente a las narices del jefe del Estado, la distribución de un paquete de efigies del caudillo muerto que les abrió las puertas del gobierno y cuya desaparición todavía lloraban los pueblos. Llega al extremo de referirse a una especie de peligrosa orfandad que se debe remediar a través del recuerdo del grande e impertérrito líder que reposa en el cementerio. El presidente mueve la cabeza sin refutar el plan, silencio gracias al cual se ordena a la litografía de confianza la impresión de quinientas efigies del difunto para su reparto en las barras externas del Palacio Federal antes de la llegada del mandatario.

Desde la tribuna el primer magistrado promete villas y castillas, pero también describe un panorama sombrío y concluye con una afirmación capaz de permanecer durante mucho tiempo en el ánimo de la sociedad: “El país está viviendo minutos de república”. Nos encontramos en 1899. El presidente es Ignacio Andrade, débil e irresoluto. El caudillo muerto en cuyas hazañas se procura oxígeno es Joaquín Crespo, el temible Taita de la Guerra, perpetrador de un escandaloso fraude electoral en 1897. El preso encerrado por su peligrosidad es el pintoresco Mocho Hernández, ahora más solo que un páramo. El sospechoso líder de las comarcas de Miranda es Ramón Guerra, quien en breve se alza en armas sin fortuna. Las candelas de occidente arden en los Andes, sin que nadie las pueda apagar. Está a punto de desaparecer con más pena que gloria el Partido Liberal Amarillo, la bandería todopoderosa del pasado. Andrade está a punto de tomar el primer vapor, sin boleto de retorno. Vienen tiempos de rochela y de dictadura. En los próximas décadas, ni un minuto de república.

epinoiturrieta@el-nacional.com