• Caracas (Venezuela)

Elías Pino Iturrieta

Al instante

Después de las chicuelinas sigue el problema

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Las chicuelinas son un quite vistoso, al que acuden con frecuencia los toreros que buscan lucimiento. Lo hacen los maestros y los maletas porque no requiere mucho esfuerzo, y porque generalmente logra la respuesta de los aplausos. Solo se gira el cuerpo protegido por el capote en la dirección contraria a la embestida del toro y brotan las palmas. En ocasiones son un modelo de gracia y sobriedad, pero solo en ocasiones. Después la bestia queda allí, entera y amenazante, en espera de un diestro que se ocupe de veras de sus arremetidas y de su muerte. Viene a cuento esta desusada referencia por maña de un escribidor a quien jamás se le dio la suerte de ser cronista en la plaza y la quiere ensayar desde la computadora, pero especialmente por la analogía que permite con la conducta de la AN frente a los ataques del régimen.

La AN dominada por la oposición no ha querido ni sabido enfrentar de veras las acometidas del gobierno. Bien porque apenas se está vistiendo de luces y no quiere embarrar la ropa, o porque espera la tarde adecuada, ha preferido el camino de los adornos vistosos. En lugar de hacer faena cabal cuando el PSUV pretendió sacar del coso a tres miembros de la cuadrilla, se refugió en un burladero de subterfugios que cambió el énfasis de una reacción colectiva por el trabajo de los peones aludidos. Extraordinaria como salida ocasional, como posibilidad de prolongar el festejo sin percances a la vista y aun como demostración de claridad en torno a los pasos de la lidia, pero sin lograr que la arena quedara despejada por la desaparición de un rival amenazante y pertinaz. No toreó entonces la AN, como seguramente pretenden sus aficionados. Ni siquiera dio un pase de saludo. Entregó capotes de paseo y unas espadas de palo a tres debutantes que todavía no saben si les fue bien en sus lances porque el toro sigue allí, con sus cuernos afilados en el centro del ruedo, a lo sumo con dos banderillas en el lomo.

Después, en un nuevo y esperado capítulo de la fiesta, se limitó a sacar ventaja de la falta de previsión del ganadero, de una carencia de reglas y papeles que podía advertir hasta el capataz más descuidado. Como el toro no venía marcado con los hierros del caso, la AN pidió que lo echaran del circo. A esa bestia le faltaron las señales de la ganadería y los colores de la divisa correspondiente, argumentaron los vacilantes matadores que de nuevo se negaban a quedar a solas con lo que salía de los corrales. Las figuras de postín no pueden enfrentarse a un bovino tiñoso sin credenciales; nadie sabe, por falta de firmas, si salió realmente de la dehesa adecuada, dijeron desde la protección de la barrera los más fachendosos del cartel de los diputados para negarse de nuevo a tomar los trastos. Un banderillero que nadie vio le puso al torete otro par de arpones y allí terminó todo, lo cual significa que quedaron pendientes la muleta y la estocada.

En materias de vida o muerte, como la tauromaquia, los reproches de un aficionado como el que escribe carecen de fundamento, si se considera lo que se juega el espada a solas frente a un bravo animal mientras el criticón observa desde la altura de los tendidos. Debe pasar lo mismo con un negocio tan delicado como la política, capaz también de anunciar partidas de nacimiento y actas de defunción mientras la ciudadanía se mueve en la ola de los  entusiasmos y las decepciones. Tampoco parece oportuno un reproche a las figuras de un cartel que uno escogió en la víspera feliz de la vida, especialmente si se acude a una jerga inconveniente, como la que viene de la fiesta brava en estos tiempos civilizados y asépticos, pero este fallido cronista pagó el billete para ver tardes de faenas completas, desde los primeros capotazos hasta el anhelado volapié, y no se puede conformar con la ejecución de unas chicuelinas corrientes.

En los tendidos no se muere, a lo sumo se fallece, decía Guerrita para silenciar a sus censores que no lo veían, como deseaban, encima de las astas de la bestia; pero también es verdad que los aficionados son reacios al hastío de los espectáculos en los que no pasa mayor cosa, a la decepción de las corridas en las que el toro sale vivo.