• Caracas (Venezuela)

Elías Pino Iturrieta

Al instante

¿Otra constituyente?

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Las constituyentes no le han hecho mayores servicios a la sociedad venezolana, si juzgamos por los resultados. No es cierto que los progresos de la vida y el establecimiento de la democracia dependan de la redacción de un manual en cuyas reglas se encierre la clave para la edificación de una república hecha y derecha. La sociedad da tumbos mientras un grupo de legisladores de buena fe, o de aprovechadores de su representación en los congresos, o de taimados manejadores de un interés partidista se encierran a escribir las reglas de la convivencia. La convivencia pocas veces se entera del trabajo de esos sabios señores que pretenden escribir el evangelio de la felicidad colectiva, no en balde ella se forja progresivamente debido a los tropiezos y a los aciertos de la gente sencilla, sin conexiones con la pedagogía o con la pedantería de los legisladores.

¿Cuántas constituyentes se han llevado a cabo, desde el comienzo de la república? ¿Cuántas se recuerdan por su efecto en la sociedad, por la capacidad que tuvieron de transformar los hábitos de los venezolanos? ¿Cuántas dejaron un proyecto duradero de república, capaz de establecer formas respetables de cohabitación que permanecen a través del tiempo y por las cuales conviene jugarse el pellejo? Apenas un par de esas congregaciones exageradamente veneradas, porque el resto bien merece el olvido por lo que tuvo de manipulación y de ejercicio estéril, a menos que le concedamos provecho a los mamotretos que se faenaron para el servicio de las autocracias o para complacer a unos tutores que guardaban en la cabeza la pretensión de hacernos mejores y más útiles como pueblo. La aplastante mayoría de las constituyentes sucedidas a partir de la creación del Estado nacional apenas han sido ejercicios de retórica o burla de las necesidades del pueblo, es decir, testimonios de lo que no se debe hacer para que la sociedad encuentre el rumbo que merece partiendo de sus anhelos fundacionales de libertad y cívica decencia. Han sido, en términos abrumadores, un trabajo sin conexión con las urgencias de la sociedad, es decir, tiempo desperdiciado al cual se vuelve como si de veras hubiera sido provechoso, u horas infructuosas que se quieren repetir para pescar en río revuelto.

Hay que ser enfático sobre el asunto, cuando vuelven a sonar los clarines de un nuevo aire constituyente que promete la apertura de un ciclo diverso para la sociedad. Apenas la reunión de representantes que tuvo la lucidez de separar a Venezuela de Colombia en 1830, de reclamar los fueros de una nación postergada por el beneficio de un gigante con pies de barro; y la extraordinaria asamblea del trienio adeco, en cuyas discusiones se formó la república democrática y popular que luchaba por su establecimiento desde la época de la Independencia, fueron capaces de llevar a la práctica un designio de colectividad que echó raíces para el bien de las mayorías. No solo por su duración temporal, sino especialmente por el vínculo que establecieron con la necesidad popular de modificar las formas de la existencia, cumplieron cometidos excepcionales.

Debido a una publicidad interesada de Chávez, quien insistió en la trascendencia de la nueva Constitución hasta convertirla en adorno habitual de los líderes que salen en televisión, tanto “revolucionarios” como opositores, se ha magnificado el papel del manual redactado por la nueva generación de padres conscriptos. De allí que el trabajo de los constituyentes se haya convertido en un librito harto popular, tan cómodo que se puede llevar en el bolsillo, tan barato y socorrido que se regala en las calles de las ciudades, sin que se pueda saber a ciencia cierta para qué sirve, ni si estamos enterados a cabalidad de sus disposiciones, ni cómo se viola con el auxilio de la impunidad. Contra ese fetiche trata de levantarse el nuevo llamado a una constituyente, un desafío que no parece sencillo, pero también contra el sentido común. ¿Cómo convocar de manera solvente una nueva convención de hacedores de constituciones, cuando la vigente no ha dejado de tener popularidad y cuando las críticas de las mayorías no se han orientado contra su contenido, sino contra los dislates del gobierno? Por supuesto que los convocantes se pueden presentar como unos gigantes capaces de hacer lo que apenas han logrado dos congresos a través de una historia larga en decepciones generales y en triquiñuelas fraguadas en las curules, pero no parece que por sus luces calcen en esa horma. De allí la obligación de enmendarles la plana.

epinoiturrieta@el-nacional.com