• Caracas (Venezuela)

Eli Bravo

Al instante

Sin un pelo de apego

Y esa decisión me ayudó a ser libre. Pelo a pelo

Y esa decisión me ayudó a ser libre. Pelo a pelo

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Cada vez me divierto más con las reacciones de algunas personas ante mi calvicie. Especialmente me llaman la atención sus miradas. Sucede que en más de una oportunidad conversando con alguien puedo notar cómo sus ojos alternan con rapidez entre mi rostro y la coronilla. Un movimiento similar al que perciben las mujeres de grandes pechos descotados ante sus interlocutores, sólo que en mi caso el interés ajeno no es el volumen sino el vacío.

Comencé a perder el pelo hace más de 20 años. Al principio apenas se notaba. Para aquel entonces llevaba una nutrida cabellera que exhibía en la pantalla de televisión con un ridículo peinado. Luego, cuando las entradas se hicieron evidentes, surgieron los salvadores: un médico me recetó unas gotas milagrosas, mi padre me regaló un frasco de su tónico fortificante, un amigo me pasó un folleto detallando los beneficios de un implante. Incluso, un día me recomendaron dormir con el pelo embadurnado en aguacate, y si fallaba, debía probar el guacamole al descampado con la luna llena.

Pero yo decidí dejar que se me cayera el pelo. Quiero decir, fui dejándolo ir poco a poco como un ejercicio de desapego. Ya que la melena abandona el barco, pensé, es mejor aceptar su partida en lugar de resistirme inútilmente porque tarde o temprano, sin importar los tónicos y los aguacates, esa cabellera desaparecerá. Además, me dije, yo soy yo, calvo o melenudo. Y esa decisión me ayudó a ser libre. Pelo a pelo.

Por diseño nuestra mente tiende a aferrarse a las cosas y esto puede convertirse en un problema serio. Es lo que los budistas llaman apego y que el psicólogo Walter Riso define en su libro Desapegarse sin anestesia como “una vinculación mental y emocional (generalmente obsesiva) a objetos, personas, actividades, ideas o sentimientos, originada en la creencia irracional de que ese vehículo proveerá, de manera única y permanente, placer, seguridad y autorrealización”. Si lo piensas, acá hablamos de autos, amores, sexo, fama, trabajo y cabellos, entre tantas otras cosas que nos ofrece la vida.

Con el apego sucede que amarramos nuestra felicidad a un algo o alguien que (creemos) necesitamos a nuestro lado. O peor aún, que somos ese algo o que ese alguien le da sentido a nuestra vida. ¿Y qué pasa cuando las cosas cambian o desaparecen? Entonces viene el sufrimiento porque una parte de nosotros se nos fue. En mi caso, podrían haber sido los mechones por el desagüe de la ducha. Pero puede ser también el matrimonio, el apellido, la juventud o el dinero. Al creer que ese algo o alguien es para siempre nos tragamos la ilusión más grande que existe. Nada permanece, por más que deseemos que así sea.

En yoga hay dos conceptos hermanados: Abhyasa, la práctica, y Vairagya, el desapego. Y si practicamos el desapego hacia lo que nos amarra despertamos la conciencia de nuestra verdadera esencia. Así caen las ilusiones engañosas, como por ejemplo, los folletos que garantizan un mayor éxito profesional tras un implante capilar “invisible” y a crédito.

“Ver lo que es sin anestesia y crudamente te hace más humano y eficiente”, escribe Riso en su libro. Eso aplica al reflejo de la calvicie en el espejo (o en la mirada del interlocutor) tanto como a las grandes pérdidas de aquello que amamos. Y es que por más que no queramos, llegará el momento de dejar ir algo o alguien. Y eso no es resignación, sino aceptación.