• Caracas (Venezuela)

Eli Bravo

Al instante

Más cerca de casa

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Por el énfasis en sus palabras era evidente que la frase no vino a la ligera. “Tengo que hacer un cambio en mi vida”, me dijo durante un almuerzo la joven ejecutiva a quien tenía apenas media hora conociendo. Gerente para una trasnacional del entretenimiento, la mujer se había casado tres meses antes y desde entonces había pasado más de cuatro semanas viajando por el mundo: alfombra roja en Nueva York, estreno en Buenos Aires, conferencia de prensa en Londres. Un tren agotador que de resistirlo podría ser premiado con una posición mejor remunerada en la industria.

“Yo lo que quisiera es echarme con mi marido y mi perro en el sofá para comerme una pizza frente al televisor. Pero no me atrevo a cambiar porque la verdad es que tengo miedo”, me confesó. ¿Miedo a qué? A la incertidumbre y al riesgo de perder la oportunidad de un éxito futuro. Mientras tanto sacrificaba su noche de cine en casa por una sesión de e-mails de trabajo en la cama del hotel.

Lo más evidente era que no se sentía feliz con la situación que atravesaba. Le apasionaba su trabajo y le encantaba conocer a nuevas personas, pero no lograba sacudirse la idea de que estaba en el camino equivocado. Y más que una idea era una sensación que a veces podía ser incomodidad y en otras ocasiones era angustia. Además estaba el miedo que lo complicaba todo, pues si bien tenía la capacidad de buscar otro trabajo que la mantuviera más tiempo en casa, tomar la decisión de hacerlo le parecía imposible.

Y de pronto me dijo algo que realmente no esperaba. “Pero voy a hacerlo, tú me has inspirado a dar el paso”.

Confieso que me quedé de una pieza. Aquel era un almuerzo de trabajo que había derivado a una conversación más relejada donde se alternaban las anécdotas personales. Yo le conté de mis viajes, de la satisfacción que mi actual trabajo me brindaba y del valor de saber cuáles eran las cosas importantes en la vida. Nada del otro mundo, a mi parecer, pero hubo algo en la conversación que la llevó a soltarme aquello. Le agradecí de corazón sus palabras y le entregué mis mejores deseos para que la nueva etapa, si decidía iniciarla, le trajese mayores dosis de felicidad.

¿Qué pudo haber sido? Es difícil saber hasta dónde llegarán las ondas que dejamos con nuestras palabras y acciones. Puede ser que un pequeño gesto, una frase que soltamos al aire o escribimos, termine causando un sacudón en alguien. Como seres humanos tenemos la bendición de conectar entre nosotros y con ello compartir emociones y sueños. Así llega la motivación necesaria para iniciar esos cambios que buscamos, y lo mejor, la sabiduría de que los miedos están allí para decirnos algo. En el caso de la joven ejecutiva creo que su miedo revelaba el clamor de su alma por disfrutar su vida actual más cerca de casa. Por miedo a perder el ascenso que algún día llegaría, sentía terror de perder el matrimonio que apenas comenzaba.

Imposible saber cuál de los dos caminos será mejor para ella. Pero si en lugar de conjugar en futuro lo hacemos en presente no es difícil saber cuál de los dos luce mejor ahora. Quizás en ese almuerzo se convenció de que tenía todo lo necesario para tomar aquel que pasaba por el sofá de su casa y seguía con un rumbo incierto, con otro concepto del éxito, más a tono con las cosas que realmente le importaban en esta vida.

Epígrafe:

Es difícil saber hasta dónde llegarán las ondas que dejamos con nuestras palabras y acciones.