• Caracas (Venezuela)

Eli Bravo

Al instante

Allí. Presente. Consciente

inspirulina

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Hay cosas que aunque las veamos venir de lejos igual nos impactan. Hace un par de días mi pequeña Andrea perdía otro diente de leche mientras que Isabel me decía que quería volver a bucear. Sí, mis hijas ya no son unas bebés. No seré el primer papá que comenta “el tiempo vuela” ni el último que seguirá viendo a sus niñitas en el rostro de unas mujeres. Ellas crecen mientras yo sumo años en el calendario, y cada uno de esos años, a pesar de los días difíciles, han sido los mejores de mi vida.

Recuerdo como si fuera ayer cuando las llevaba en bicicleta al preescolar. Yo llamaba a esa bicicleta “el autobús vietnamita”. Isabel viajaba a mis espaldas en un asiento plástico y Andrea se acomodaba en otro entre mis piernas. El trayecto eran unas 12 cuadras que recorríamos sin esfuerzo  mientras disfrutábamos la mañana. El último día de clases, antes de cambiarlas a una escuela más alejada de casa, descubrí que sería yo quien más extrañaría esa rutina de pedal.

¿Nostalgia del pasado? No precisamente. El sentimiento era más bien de contentura por el tiempo que habíamos aprovechado juntos. Ese pasado que nos ha traído a donde estamos ahora: un presente fugaz donde seguimos conversando y aprendiendo. El espacio donde transcurre nuestra vida común.

Con este artículo no quiero dármelas de padre ideal porque no lo soy. Solo trato de ser un buen padre para mis dos hijas. En lugar de querer ser perfecto me concentro en ser humano, con mis días de sol y otros de lluvia, y todos ellos han servido para conocernos mejor. Es como si estuviéramos recibiendo una educación en doble vía donde hemos puesto amor, paciencia y corazón. Claro que tenemos nuestras peleas (y en muchos casos me hubiera gustado haberlas manejado mejor), pero en el balance los abrazos superan con creces las caras amarradas.

A lo largo de este tiempo mis tres mujeres (porque no puedo dejar por fuera a mi esposa) me han ayudado a ser una mejor persona. ¿Cómo? Llevándome a navegar en la complejidad de las relaciones familiares y sirviéndome de espejo para observarme con mayor claridad. Eso ha significado estar allí, presente, consciente. También ha significado tomar una decisión importantísima: dedicarles tiempo, de la misma forma que me lo dedico a mí mismo.

Conozco a mucha gente que dice: “Hubiera querido disfrutar más a mis hijos, pero los años se me escaparon entre el trabajo y las obligaciones”.

Es verdad, la vida tiene muchas artimañas para enredarnos, y si no prestamos atención a lo que realmente importa podemos encontrarnos en una posición difícil: mirando hacia atrás y lamentando todo lo que dejamos de hacer.

¿Adónde voy con todo esto? Sencillo: el tiempo que pasamos junto a los hijos es breve. Aprovéchalo. Hay quienes dicen que lo relevante es la calidad y no la cantidad. No estoy tan seguro. Creo que una mejor ecuación incluye mucho tiempo con una entrega real. Lo más difícil es hacerlo sin esperar nada a cambio. Eso es amor incondicional.

Días atrás jugaba con mis hijas en el mar (para ellas jugar es sinónimo de encaramarse en mis hombros y jalarme los pocos pelos que me quedan). De pronto Isabel me abrazó, y dándome un beso, dijo: “Estos son los momentos que siempre recordaré”.

“Y yo también”, pensé, antes de derretirme en las aguas.