• Caracas (Venezuela)

Eli Bravo

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Eli Bravo

Pequeños grandes logros

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Inspirulina

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No sé si alguna vez has tenido que plegar un coche de bebé. Parece fácil pero no hay que confiar en las apariencias. Quizás las instrucciones digan “pulse y doble hacia delante” pero he visto padres apretando todo aquello que asemeje un botón para terminar sudorosos y rendidos. Si la maniobra requiere prisa, digamos que el bebé llora o cae la lluvia, no falta la patada estratégica para hacer que el cacharro funcione. O se rompa.

Por eso me pareció acertado el comentario de un amigo que logró el milagro de plegar el suyo con una sola mano y acto seguido dijo con una sonrisa: “Hay que celebrar este logro”. Aquella había sido una victoria importante si consideramos que en el carro le esperaban tres niños hambrientos, uno de ellos con el pañal sucio. Tras hacer la limpieza de rigor alzó la bolsa con el regalito y comentó: “Ya soy capaz de cambiar el pañal en menos de un minuto”.

Yo creo que mi récord fueron 55 segundos y los dejaba impecablemente ajustados. Con el coche me espachurré los dedos varias veces y bendije el día en que lo saqué del carro para siempre.

Celebrar nuestros logros cotidianos es una excelente manera de motivarnos. No importa que luzcan pequeños: si nos ayudamos reconociendo aquello que hacemos bien, aumentamos la confianza en nosotros mismos y nos acercamos más a las metas. Sea un objetivo de ventas, un grado universitario o una mejor relación familiar, es más duro llegar si no prestamos atención a los hitos que superamos en el camino, entre otras cosas, porque todos, incluso los más duros, necesitamos un aplauso.

Hace años corrí el maratón de Nueva York. Recuerdo que al llegar a la mitad del recorrido un desconocido me dio una galleta Oreo mientras gritaba ¡go, go, go! El sabor de infancia se mezcló con la alegría de saber que faltaba menos, y al comprobar que llevaba buen tiempo, sentí un chorro de energía que me ayudó a mantener el ritmo. Haber completado el entrenamiento ya había sido un logro, estar allí masticando entre zancadas también lo era y si lograba llegar a Central Park, pensé, era un triunfo. Al cruzar la meta una mañana fría de noviembre me embargó una euforia indescriptible y por mi mente cruzaron aquellos días cuando había superado los 10, 20 y 30 kilómetros de entrenamiento.

Cada uno de aquellos momentos había sido el preámbulo de un logro que no repetí. Al día siguiente colgué los zapatos y no volví a correr pero esa es otra historia.

Los grandes logros son el resultado de pequeñas victorias y derrotas. ¿A cuáles das mayor importancia? Si fijas tu atención en cada traspié el camino se hará cuesta arriba y si no eres capaz de celebrar tus pequeños logros, la meta se hará muy lejana; incluso, podría perder sentido. Es lo que haces y logras ahora lo que te llevará hasta donde quieras llegar, y como imaginarás, una vez que llegues allí aparecerán otros objetivos.

En ese viaje recuerda que los pequeños grandes logros te ayudarán a mantener el entusiasmo. Tómate el tiempo para reconocerlos y compartirlos.

La próxima vez que te enfrentes a una silla plegable, una tienda de campaña o el control remoto de tu nuevo televisor recuerda que nada es tan fácil como parece. Si logras que funcionen tienes algo para celebrar con uno de esos aplausos que van por dentro.