• Caracas (Venezuela)

Eli Bravo

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Hacer nada es hacer mucho

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“Si quieres hacer televisión tienes que aprender a esperar”, me dijo hace décadas un amigo camarógrafo. Era miércoles por la tarde y teníamos una hora esperando en el lobby del hotel Caracas Hilton por la señal para entrevistar a Luis Miguel. El paso del tiempo atizaba mis ánimos. Deseaba hacer algo más divertido que echarme en una butaca, pero, además, no tenía mayor interés en entrevistar al divo mexicano.

Estoy hablando del siglo pasado, una época pre-smartphone, así que cero Twitter o WhatsApp. Mi amigo dormitaba en el sillón mientras yo no podía con la inquietud. ¡Tenía tantas cosas que hacer ese día, y ahí andaba, esperando para que Luismi se dignara a recibirnos!

En aquel entonces desconocía los placeres del dolce far niente. Más que dulzura, hacer nada me parecía un desperdicio. Era la época en la que solía decir “dormir es perder el tiempo”. Yo quería vivir deprisa y sacarle el jugo a cada segundo, siempre en movimiento. No tenía conciencia de lo equivocado que estaba.

Estudios recientes señalan que existe en nuestro cerebro una “red neuronal por defecto”. ¿Qué es eso? Son áreas que se activan cuando no hacemos nada y aparentemente su función es reexaminar los recuerdos, clasificar las experiencias vividas y establecer relaciones entre el pasado, presente y futuro. Como una suerte de limpieza automática por defecto, el cerebro aprovecha esos momentos en mínimo para ordenar en la azotea. Es un asunto importante porque estas actividades influyen en nuestro bienestar e inteligencia emocional y social.

No es un capricho italiano: cuando no hacemos nada, estamos haciendo mucho en pro de nuestra salud mental.

En este mundo hiperconectado decidir no hacer nada y simplemente estar, pareciera una excentricidad. Basta que exista uno de esos “tiempos muertos” para que saltemos al teléfono, revisemos Facebook, encendamos el televisor o nos invada la angustia. ¡Tengo por delante quince minutos conmigo mismo! ¿Y ahora qué hago?

Lo mejor que puedes hacer es aprovechar ese tiempo y una buena práctica es aprender a esperar. Afortunadamente, sobran las oportunidades.

La próxima vez que tengas un período de espera tómate unos instantes para observar lo que sucede a tu alrededor y dentro de ti. Esto funciona en la fila del mercado, en el aeropuerto o en el tráfico. Cuando te veas allí, esperando que algo suceda, observa las ganas de distraerte o de hacer que todo el mundo se mueva más rápido. Entonces respira, sigue observando y piensa que puedes darle a tu red neuronal por defecto unos minutos para que realice su trabajo. No estarás perdiendo el tiempo. Posiblemente te ahorres el mal humor que surge cuando la gente delante de ti se tarde más de la cuenta. De tu cuenta.

Este ejercicio les podría venir muy bien a los conductores azorados que suenan la bocina tres nanosegundos después de que la luz cambia a verde. Y, sin duda, resulta útil en la antesala del médico.

Saber esperar es un arte o, al menos, así lo pensaba mi amigo camarógrafo. Quizás por eso ni se inmutó cuando nos informaron, dos horas después, que Luismi estaba muy cansado y no concedería la entrevista. Yo me subí al carro echando chispas. Él conducía con una sonrisa de total placidez. “Así son las estrellas”, fue su único comentario. Luego comenzó a cantar: “No culpes a la noche / no culpes a la playa…”.