• Caracas (Venezuela)

Eli Bravo

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Concéntrate que vale la pena

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Inspirulina

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La mañana era un poco fría para ser verano y la vista resultaba insuperable. Caminando por la plaza Juan XXIII de París podía ver la parte de atrás de Notre Dame. Es una perspectiva que conozco bien. Mi esposa tiene junto a su computador una foto que nos tomamos nueve años atrás estando ella embarazada de nuestra primera hija, y ahora, cuando ya somos una familia, posamos los cuatro en el mismo lugar.

El momento era delicioso. La brisa corría por el Sena agitando las hojas de los árboles y traía el sonido de una guitarra callejera. A pesar de la avalancha de turistas, había una sensación de paz magnificada por los arcos góticos de la catedral. Entonces las niñas siguieron para observar las flores y yo me senté en uno de los bancos para disfrutar los últimos mordiscos de mi croissant. Respiré profundamente, me arrellané y entonces lo vi. Mi primera reacción fue llevarme la mano al bolsillo.

“Wifi gratis”, cortesía de la ciudad de París. ¡Genial! Así podrá revisar en el iPhone un par de emails que tenía pendientes, pero inmediatamente me percaté de mi estupidez. Saqué la mano del bolsillo y en lugar de clavar los ojos en la pantalla me dediqué a observar las hojas de los árboles. Verdes, habría dicho de una pasada, pero luego noté que también había hojas grises y algunas que se veían casi negras. Al sacudirlas la brisa el efecto era cinetismo puro.

¿Me habrían respondido el email? ¿Habrían hecho los cambios que había solicitado? Reconocí la presión del iPhone contra la pierna y me pareció sentirlo vibrar.

Alto. Vuelta a las hojas y la milenaria fachada de Notre Dame. Después de unos segundos el sonido de la guitarra se hizo más evidente y la brisa resultaba una caricia. Al otro lado de la plaza mis hijas corrían al sol y más allá una pareja se daba un beso de postal.

Entonces la vista cayó de nuevo en el letrero de “wifi gratis”. La tentación se disfraza de muchas formas, habría dicho uno de los obispos de Notre Dame.

Recordé que el día anterior había leído una columna de Berkana Fricke en la revista Yorokobu donde hablaba de la desatención. En este mundo penetrado por la tecnología, dice ella, le tememos a la concentración. Pasamos de una cosa a otra en segundos y vivir en modo multitasking se ha convertido en norma. Fijar nuestra atención en algo por largo tiempo nos parece aburrido, y alimentados por esta idea, pensamos que basta con un vistazo para recoger toda la información necesaria.

Pero no es así. Jennifer Roberts, profesora de Historia del Arte en Harvard, les pide a sus alumnos que observen una obra por tres horas antes de escribir cualquier cosa sobre ella. Si bien muchos tuercen los ojos ante la simple idea, la mayoría asegura que después su apreciación y entendimiento es mucho mayor.

Al día siguiente hice el ejercicio en el Museo d’Orsay. Por supuesto no me instalé tres horas ante La noche estrellada de Van Gogh (mis hijas no me lo hubieran permitido, ni perdonado), pero con el simple hecho de detenerme ante la obra, en lugar de saltar de una a otra como turista apurado, me permitió disfrutar las sutilezas del cuadro con mayor profundidad.

No basta con abrir los sentidos para apreciar todo lo que nos rodea. Hace falta prestar atención y darle tiempo a la experiencia, sin distracciones. El presente se hace más rico si realmente estamos allí.

Claro, ayuda mantener el smartphone a distancia.