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Surge un nuevo mundo

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Bruselas, capital de Europa, quedó paralizada por el Estado Islámico, que anunció además que castigaría a Francia por los bombardeos y llevaría la guerra a Estados Unidos. La respuesta es la estrategia colectiva de las potencias, que consideran un error la tardanza en actuar y se dan cuenta, ante contrariedades como la del avión ruso tumbado por Turquía, de que hay que unirse ante un enemigo que no conoce límites a la violencia.

Por otra parte, en este escenario, aunque para muchos resulte extemporáneo, toma fuerza la hipótesis de filosofía política e historia que ve confluir poco a poco las cosas hacia el surgimiento de una democracia de institucionalidad ejecutiva, legislativa y judicial mundial, legitimada en la participación directa de los ciudadanos y ciudadanas del planeta en condiciones de igualdad, desde sus diferencias culturales, religiosas y políticas, respetando espacios de autonomía en las realidades locales no generalizables; para enfrentar con acuerdos vinculantes los grandes asuntos comunes, como la seguridad, el mercado de armas y misiles nucleares, la droga, el modelo económico y energético que destruye a la Tierra, el hambre, la inequidad, la desigualdad de géneros, la exclusión, las migraciones, el aparato financiero y monetario; y la incorporación adecuada de los avances acelerados de la ciencia, la tecnología y las comunicaciones a la dignidad del ser humano y la protección de la naturaleza.

El Estado Islámico, con su estrategia desestabilizadora, mostró de manera bárbara que la pretendida gobernabilidad y seguridad desde los Estados-nación ya no funciona. Chuck Hagel, ex secretario de Defensa de Estados Unidos, reaccionó invitando a Washington a una visión interplanetaria totalmente nueva, sin poder él mismo precisar lo que eso significa. Por eso gana terreno la tendencia hacia una forma distinta de ética planetaria e institucionalidad, donde la seguridad, la gobernanza, la calidad de vida y la equidad se fundamenten en la participación de todas las personas, sin dar más peso a los estadounidenses, los europeos, los chinos o quien sea.

Este proceso tiene adversarios en la institución del Estado, que determina la forma como se hace hoy la política, pues su avance sustituiría paulatinamente los aparatos nacionales. Tiene adversarios en los ejércitos que se crearon para hacer, defender y expandir los Estados, como lo muestra Fernán González en Poder y violencia en Colombia, pues al desvanecerse los Estados desaparecería “el orden militar” que hoy prevalece sobre el mundo, bien que González no ve viable una organización mundial sin Estados. Tiene adversarios en las potencias, gendarmes mundiales, porque las privaría de toda hegemonía, en un mundo de ciudadanos y ciudadanas iguales protagónicos. La creación de las Naciones Unidas fue un paso en esta dirección, hoy es posible ir más allá.

Bertrand Badie, en su ensayo Quand l’histoire commence (CNRS, París), empuja hacia esta historia nueva, que no la hacen los Estados-nación, ni los príncipes, ni los ejércitos, sino los ciudadanos del mundo. Yuval Harari, en su visión de conjunto en Sapiens, a Brief History of Humankind, publicado este año por Random House, piensa que una unificación así del mundo puede ser inminente.

Este proceso tomará tiempo, pero ¿podrá detenerse? Verlo como futuro probable es conveniente para replantearnos la ética, la seguridad, la ecología, la política, la economía y la paz. El papa Francisco lo ha captado desde la dimensión espiritual, y por eso su liderazgo mundial. Hacerlo realidad institucional en las próximas décadas está en manos de nuestros jóvenes, que no son de Colombia sino del mundo, pues viven ya en la democracia directa emergente, todavía frágil e incierta, de las comunicaciones globales.