• Caracas (Venezuela)

Eduardo Vásquez

Al instante

La democracia y sus adversarios

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Nuestro pobre magin, muestra escasa información, no nos ayuda mucho en nuestras reflexiones. Las escuelas europeas y norteamericanas son centros de formación y de información. Nos hizo pensar en un artículo de Claudio Nazoa en el que se planteaba por qué sociedades de gente culta se dejaba embaucar por un demagogo  peligroso, enemigo poderoso contra la sociedad democrática, esto es, de esa sociedad a la que debían su bienestar y su formación, un artículo de Francois Furet, titulado “La pasión revolucionaria en el siglo XX”, me parece que puede ayudarnos a comprender lo que planteaba Claudio Nazoa. Escribe Furet: “El burgués está condenado a vivir en ese sistema abierto, que pone en movimiento pasiones contradictorias y poderosas. Está atrapado en el egoísmo, calculador, por el cual se enriquece, y la compasión, que lo identifica el género humano, por lo menos a sus conciudadanos. Entre el deseo de ser igual a todos y la obsesión de la diferencia se echa a la búsqueda de la distinción más mínima. Está desgarrado entre la fraternidad, horizonte de una historia de la humanidad, y la envidia que constituye su resorte psicológico vital. En El contrato social, Rousseau ya había explorado las dos extremidades de esa condición, soledad en la naturaleza y la lógica democrática del contrato social. El burgués tiene que, con fortaleza, coexistir entre esos dos componentes en la que la mitad de sí mismo detesta a la otra.

“Así para ser un buen ciudadano, debe ser un mal burgués, o bien, ser un mal ciudadano, si aún quiere ser un verdadero burgués. Para colmo, es consciente de la desgracia, la examina, y la expone buscando febrilmente su yo, centro del universo, pero un centro que está inseguro de su lugar en el mundo y de su relación con las mónadas que lo rodean.

“De todo lo anterior, se deriva un rasgo que sin duda es único y propio de la democracia moderna en la historia universal: esa capacidad infinita de producir hijos y hombres que detestan el régimen social y político en el que nacieron, odiando el aire que respiran, aunque vivan de él y que no han conocido otro”. No se trata, sigue diciendo Furet de aquellos que, después de una revolución democrática, añoren el antiguo mundo, en el que crecieron y del que conservan recuerdos y costumbres. Por el contrario, tengo en el espíritu, esta pasión política constitutiva de la democracia, esta escalada moral de fidelidad a los principios que convierte a unos pocos en todo el mundo, en la sociedad moderna, incluyendo al burgués mismo, en el enemigo del burgués. Furet se refiere a Marx, quien planteaba que lo esencial de la sociedad burguesa-capitalista era la lucha del proletariado con la burguesía. El proletario no sueña más que en convertirse en burgués. Más esencial que esta lucha, salida del movimiento de la sociedad, es el odio del burgués contra sí mismo, ese desgarramiento interior que lo vuelve contra lo que él es, todopoderoso sobre la economía, amo de las cosas pero sin poder legítimo sobre los hombres, y carente de unidad moral en su fuero interno creador de una riqueza inédita, pero chivo expiatorio de la política democrática. Leyendo esas líneas de F. Furet nos acude a la memoria que los dirigentes principales de los partidos revolucionarios, activos y prestos a destruir la sociedad burguesa, era gente de clase media. Casi todos eran gente acomodada, de familia con alto nivel económico. No recuerdo que en esas cumbres se encontraran dirigentes obreros. Esos más bien formaban parte de sindicatos que luchaban para obtener mayor bienestar en una sociedad que, para satisfacerlo, tenía que seguir existiendo.

Vemos actualmente cómo un militar ignorante hizo suyo ese odio, lo convirtió en una ayuda para actuar, aniquiló la fuerza que creaba la riqueza y nos convirtió en un país de indigentes. Nunca encontré apoyo en los proletarios. Tuvo más seguidores en las clases no proletarias.